| Abril 15, 2019, 8 14am

Adolfo Alsina

La sorprendente vida de un político muy querido para su época que combatió a los malones y tuvo una muerte trágica.

Autor: Luciana Sabina


Alto, musculoso, de facciones viriles, recias espaldas y conductas sueltas, desde mediados del siglo XIX Adolfo Alsina lució su oscura y desprolija melena por cada esquina porteña. Llevaba el paso impetuoso y seguro ante el que se rinden los pueblos. Rescatar la historia de una figura de su talla -fue gobernador de la provincia de Buenos Aires, fundador del Partido Autonomista en 1862 y vicepresidente durante el mandato de Domingo Faustino Sarmiento– resulta un buen camino para comprender con mayor profundidad las bases de la vida política del país.
En 1835, siendo un niño de 6 años, escapó de Juan Manuel de Rosas junto a su familia. Lo hizo en barco, escondido bajo la capa de su madre. Como a tantos argentinos Montevideo le abrió sus puertas. Quizá allí el exilio dolía menos. Contaba con apenas 10 años cuando supieron que el Restaurador había mandado a asesinar a su abuelo materno, Vicente Maza, y a fusilar a un tío. El drama familiar parecía no tener fin: poco después la abuela de Alsina decidió suicidarse. La trágica noticia llegó de manos del mismísimo general Juan Lavalle, también exiliado en Uruguay.
Recién tras la caída de Rosas, hacia 1852, la familia logró regresar a Buenos Aires. Una ciudad a la que el pequeño Adolfo recordaba tenuemente, pero que pronto hizo suya.
La pluma del escritor Octavio Amadeo permite imaginarlo por entonces: "(Adolfo) Tenía una de esas almas desbordantes, que salen de la madre, como ciertos ríos para fecundar otras almas que hubieran sido estériles. Por donde él pasaba, nadie quedaba indiferente; el efecto o el encono levantaban sus pechos, como se agitan las aguas cuando pasa un Leviatán (…) El alma de Alsina siempre estaba, como su casona, con todas las puertas abiertas, llena de sol y de amigos. Se acostaba a la madrugada. Sin ser un jugador, tenía esa afición a las cartas que ha hecho perder tanto tiempo y salud a muchos de nuestros hombres públicos".
Sobre su aspecto, Amadeo señala: "Conservaba de su viaje a Francia aquella célebre galera anticuada. Era un 'tic', como el de otros es la levita, una barba o una idea vieja. Alsina era casi tan alto como Pellegrini, ágil (…) moreno, de pelo abundante echado hacia atrás y rociado con agua florida, era algo desprolijo en su vestir externo, pero lujoso y pulcro en su ropa blanca. Alsina llegaba derecho al corazón del pueblo (…) Tenía ese magnetismo misterioso que orienta todas las agujas hacia el mismo norte".
Tras la batalla de Pavón —donde combatió contra las fuerzas de Justo José de Urquiza— fue electo diputado. Tenía entonces 33 años. Era sólo el comienzo. En mayo de 1866 se convirtió en gobernador de Buenos Aires, como lo habían sido su abuelo materno y su padre, Valentín. A pesar de ser opositor, apoyó al entonces presidente, Bartolomé Mitre, y facilitó parte del financiamiento para la Guerra del Paraguay desde la gobernación bonaerense.
El siguiente gran paso fue llegar a la vicepresidencia del país. Las elecciones de 1868 se llevaron a cabo de forma ordenada. Por entonces los votos eran muy pocos —porque se elegía el cargo presidencial a través de electores— y el recuento quedaba en manos del Congreso.
Finalizando la sesión, el viejo Valentín Alsina se echó a llorar emocionado. Le tocaba comunicar los resultados y no pudo terminar de pronunciar el nombre de su hijo. Fue el senador Ángel Elías quien terminó comunicando la fórmula ganadora: Sarmiento era el nuevo presidente y Adolfo Alsina su flamante vice.
Conducir el país junto al prócer sanjuanino no fue tarea fácil. Al respecto escribió el historiador Ricardo Rojas: "El nuevo presidente no tardó en reñir con su vice (…) hombre también aficionado a mandar. Enfriadas las relaciones por una cuestión de ascensos militares, Sarmiento habría dicho algo como esto: 'Se quedará a tocar la campanilla del Senado durante seis años, y lo invitaré de tiempo en tiempo a comer para que vea mi buena salud'. Mala manera de empezar…".
Sarmiento logró marginarlo y prácticamente anularlo durante los años de gobierno. De todos modos la impronta de Alsina no se vio afectada. El hombre representaba a las clases bajas de Buenos Aires. La sola mención de su nombre despertaba mucho entusiasmo entre los desposeídos.
La juventud estudiantil y los intelectuales también simpatizaban con él. Era tan popular que, según los investigadores Guillermo Gasio y María San Román, para librarse de aquél verdadero acoso solía salir y entrar de su casa —en la actual calle Alsina— escondido en el carruaje.
Terminando el periodo presidencial de Sarmiento, Alsina aspiró a convertirse en próximo primer mandatario. Pronto entendió que no tenía los votos suficientes para imponerse y concretó una alianza con Nicolás Avellaneda. Al asumir éste último, se convirtió en su ministro de Guerra.
La relación entre ambos fue excelente. Un episodio en particular lo refleja. El 4 de julio de 1876, con motivo de los festejos de la independencia estadounidense, el presidente estuvo al borde de ser atacado en plena calle. Alsina, que era un hombre corpulento, enfrentó a la multitud protegiéndolo.
Desde su ministerio buscó combatir los malones. Ideó correr progresivamente la línea de frontera construyendo un foso que cubriría kilómetros. Para esto contrató al ingeniero francés Alfredo Ebelot, quien planificó y dirigió la creación de la famosa "Zanja de Alsina".
La zanja se construyó con dos metros de profundidad y tres de ancho. Todavía hoy puede observarse en algunas zonas. Contaba con una defensa lateral hecha con la tierra extraída. La ventaja principal del foso consistió en que los aborígenes no podían llevarse el ganado. Paralelamente fueron fundados algunos pueblos, se construyeron ciento nueve fortines y se plantaron doscientos mil árboles.
Además se fue incorporado un novedoso tendido telegráfico para comunicarse en cada punto. Hasta entonces los soldados avisaban a otros de alguna invasión con un cañonazo.
La respuesta de Julio Argentino Roca —por entonces subalterno inmediato de Alsina— fue rebatirlo y presentar un plan opuesto. Pero terminó siendo rechazado. En una carta personal Roca escribió: "¡Qué disparate la zanja de Alsina! Y Avellaneda lo deja hacer. Es lo que se le ocurre a un pueblo débil y en la infancia, atacar con murallas a sus enemigos. Así pensaron los chinos y no se liberaron de ser conquistados por un puñado de tártaros, insignificantes, comparado con la población china".
El ministro de Guerra no se inmutó ante las críticas que se multiplicaban en la prensa, donde lo llamaban "cobarde", y siguió con sus planes. Lamentablemente en una de las visitas a la frontera se intoxicó y comenzó su lenta agonía. El golpe fue grande: con 48 era el hombre político del momento.
Padeció durante días postrado en una cama. El 28 de diciembre Avellaneda escribió en sus anotaciones personales: "Adolfo Alsina está agonizando. Delira y da voces de mando a las fuerzas de la frontera. Esta mañana tuvo un momento lúcido y pronunció dos veces mi nombre, llamándome con palabras de cariño. No ha recordado a ninguna otra persona".
Un amigo personal del político, Eduardo O'Gorman —sacerdote y hermano de la desdichada Camila— le dio la extremaunción. El pueblo comenzó a agolparse en las cercanías, incrédulo y triste. Alsina murió poco después, en diciembre de 1877.
Ebelot dejó una serie de textos entre los que relata aquel momento. "Apenas había dado el último suspiro -escribió- y ya no se podían contener las oleadas de la multitud que colmaba los lugares adyacentes. Miles y miles de admiradores desconocidos querían contemplar por última vez sus rasgos. Desfilaban sollozando por la cámara mortuoria. Un viejo negro, arrojando sobre él al pasar su pañuelo empapado en lágrimas exclamó: '¡Doy todo lo que tengo, mis lágrimas!' Sus funerales fueron un duelo público. La pompa oficial, con sus salvas y sus uniformes, se perdía en la imponente manifestación de los lamentos del pueblo. Esta emoción tan profunda es el más bello elogio hecho al doctor Alsina y la explicación de su poder. Lo obedecían porque lo amaban".
Algunos lograron acceder al cadáver y cortaron mechones de su melena para guardarla como recuerdo, otros lo perfumaron o vistieron. El fanatismo que despertaba era tal que al conocer la noticia uno de sus custodios se suicidó.
Los restos del prócer —ya embalsamados— fueron llevados bajo una intensa lluvia a la Catedral metropolitana, donde fue velado el último día de 1877.
La actual Plaza de Mayo, atril indiscutible de nuestra historia, amparó a aquella multitud lúgubre. Desde allí partieron hacia el cementerio de Recoleta. A la cabeza marchó caminando el presidente.
Según el historiador Enrique de Gandía, unas cincuenta mil personas fueron parte del cortejo fúnebre. Así despidió Buenos Aires a uno de sus hijos más amados que curiosamente —a pesar de tanta popularidad— pasó a la historia por una "zanja". Ninguno de sus contemporáneos lo hubiese creído posible.
Roca ocupó inmediatamente el puesto vacante e impuso un nuevo plan conocido como "Conquista del Desierto". El éxito de esta acción terminó abriéndole las puertas hacia una presidencia que meses antes todos creían destinada a Alsina.
Publicado en Infobae el 7 de abril de 2019.
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