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Opinión Marzo 22, 2019, 5 12am

Espejismo renovador


Autor: Damián Toschi


En 1983, la cúpula del PJ designó a Ítalo Luder candidato presidencial para las elecciones del 30 de octubre. Mientras tanto, desde el Movimiento Unidad, Solidaridad y Organización (MUSO), Antonio Cafiero buscó, sin éxito, abrirse paso en una estructura políticamente anquilosada y discursivamente vetusta. Luego, la victoria de Raúl Alfonsín en los comicios generales confirmó esa indisimulable realidad.
Tras la debacle en la votación que marcó el retorno de la democracia, y tomando como modelo la experiencia radical de “Renovación y Cambio”, el exministro de Comercio Exterior de Juan D. Perón fundó la “Renovación Peronista”. Lo acompañaron, entre otros, José Manuel de la Sota, Carlos Grosso y un caudillo que, años más tarde, sorprenderá a propios y extraños llegando a la Presidencia de la Nación: Carlos Menem.
En 1985, el referente de la nueva línea interna encabezó la lista de diputados nacionales de la provincia de Buenos Aires del Frente Renovador, compitiendo por fuera de la estructura partidaria. Pese a la derrota a manos de la UCR, el especio superó ampliamente en votos al PJ oficial de Herminio Iglesias. Para entonces Cafiero ya era sinónimo de mesura y diálogo democrático. Esa virtud se patentizó en 1987, durante el levantamiento militar de Semana Santa. Aquel 19 de abril, la imagen de Alfonsín y Cafiero, juntos en el balcón de la Casa Rosada, fue un mensaje para la posteridad.
El 6 de septiembre del mismo año la Renovación fue un hecho. Con 2.808.576 votos (46.48%) Cafiero resultó electo gobernador bonaerense. A la vez, el líder renovador fue ungido Presidente del Consejo Nacional del Partido Justicialista. Recién entonces la flamante conducción pudo cambiar la matriz: por primera y única vez en su historia, el PJ eligió candidatos a presidente y vicepresidente por el voto directo de los afiliados. Así, la ola democratizadora del alfonsinismo llegó al peronismo. Lo demás es sabido: victoria de Menem en la interna de 1988, triunfo presidencial ante Eduardo Angeloz, el 14 de mayo de 1989, y asunción anticipada del riojano el 8 de julio.
Por estas horas, con la campaña electoral en ciernes, la idea de renovación se asemeja a las aguas purificadoras del Río Jordán. A su modo, todos los popes peronistas valoran la gesta cafierista. Sin embargo, ninguno parece estar dispuesto a emularla. Hacerlo implica construir un proyecto con nociones claras que se sostengan en el tiempo y aseguren un armado político consistente, capaz de sobrevivir a una derrota en las urnas.
A lo anterior se suma la alteridad que hace factible la convivencia democrática. “La Cafieradora” no sólo le inyectó juventud al PJ. También marcó un cambio en el modo de relacionarse con la oposición. Aquel peronismo se alejó de posturas cerradas y autoritarias, adecuando su vocabulario al nuevo tiempo. La moderación discursiva hizo caer en desuso palabras infamantes usualmente dirigidas a los adversarios. No obstante, desde el advenimiento del kirchnerismo hasta hoy, las descalificaciones de antaño son parte del lenguaje. Salir de la lógica binaria es un signo de renovación.
Con todo, la tarea pendiente va más allá de los nombres. Hay hombres y mujeres valiosos, con trayectoria y honestidad, cuya labor política mejora el debate republicano y la institucionalidad. La cuestión es otra; el cambio que buena parte de la ciudadanía le reclama al peronismo está vinculado a la actitud pública de sus dirigentes. Esa demanda supone, entre otras cosas, condena a la corrupción, autocrítica de gestión, democracia interna y coherencia histórica.
Quienes estén dispuestos a enfrentar y responder a tales requerimientos habrán hecho un gran aporte a la política y a la confianza de la sociedad en la misma. Mientras eso no suceda, la renovación peronista será un espejismo.
 
Publicado en Perfil el 19 de marzo de 2019.
Link https://www.perfil.com/noticias/ideas/espejismo-renovador.phtml

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