| Marzo 12, 2019, 5 16am

Centro Cultural Recoleta, todas las fiestas terminan



Autor: Gabriel Palumbo


Fiestas las hay de todo tipo. Cada uno sabe qué fiestas prefiere y en cuáles se siente más cómodo y, como no hay peor autoritarismo que el de los gustos, nada es más desaconsejable que andar por ahí juzgando las fiestas de los demás. Un recorrido mental apurado invita a las descripciones de Talese o de Capote sobre fiestas de intelectuales y celebrities, o intelectuales celebrities en el glam de Nueva York. Luego hay fiestas personales, como estar parado en una sala de museo, solo y con tiempo, frente a una pintura olvidada y bella, mientras una horda multinacional se maltrata para sacarse selfies en la famosa obra de al lado.
Las fiestas son cosa seria. Autores como Mijail Bajtin y Mona Ozouf nos han enseñado a mirar con atención el carácter civilizatorio de las festividades analizando históricamente tanto su importancia simbólica y material como su capacidad de dotar de legitimidad a cambios sociopolíticos importantes y hasta traumáticos.
Sobre una o más fiestas trata la muestra de la artista francesa Severine Hubard en el Centro Cultural Recoleta. En rigor de verdad, lo que Hurbard sugiere en las tres instalaciones que ocupan las salas 3, 4 y 5 del Recoleta es más bien el fin de fiesta, aquello que queda cuando el ruido baja y cuando hay que ocuparse de las consecuencias.
Hubard tiene un modo de trabajo particular. No suele tener un taller fijo y realiza sus exposiciones a partir del espacio y con los materiales y las maquinarias dispuestas en el lugar. Esta mixtura le da a los escenarios montados por la artista una potencia visual inquietante. Su propuesta de interacción entre la obra y el público multi- plica ese efecto tantas veces como lo quieran los espectadores. En otras ocasiones, la artista ya había expuesto trabajos realizados sobre este registro con la misma efectividad. Entre 2014 y 2015, las instalaciones “Espero”, en Buenos Aires, y ”Zigzag”, en Francia, revelaron su tendencia de apoderarse de los espacios con intervenciones que vinculan la escultura con la arquitectura. Ahora, en una de las instalaciones en el Recoleta, una gran cantidad de durmientes dispuestos en el piso insinúa la posibilidad de una caminata incierta hacia un lugar que no conocemos. Así como hizo en 2016 con “Monumentales” en el Haroldo Conti, Hubard abre a la interpretación una obra múltiple que tiene accesos lúdicos o políticos, visuales y experienciales. El camino de durmientes plantado por la artista muestra dos caras. Cuando la sala está vacía, el contraste entre la intensidad y la rigurosidad de la madera añejada y la blanalgunas cura y el abovedado del techo del espacio genera un clima casi religioso. Cuando se llena de gente caminando encima de las vigas, aparece un patio de juegos, un laberinto inestable que sostiene el ir y venir de flaneurs inesperados.
Tal vez el camino de durmientes está allí para llevar al visitante hacia la próxima estación, marcada por los residuos de una fiesta particular como la del Año Nuevo. Los restos de la epifanía –botellas, fuegos artificiales, cajas quemadas– forman a lo largo de la sala una suerte de construcción que bien podría pensarse como una ciudad, con sus torres y antenas, que es el resultado de una fiesta terminada. Algo de olor a pólvora queda en el material, lo suficiente como dar cuenta del fin de fiesta. La instalación resulta muy eficaz y mantiene la narración general al mismo tiempo que presenta una dualidad muy rica. La utilización de los restos de envoltorios y cajas con sus marcas – muy populares– le dan a la instalación un aire pop que contrasta y completa una obra de inspiración más callejera.
El final de la muestra está marcado por un mangrullo de madera volcado sobre el piso, enclavado en una enorme montaña de papel picado. Una torre caída denota la imposibilidad de mirar más allá y anuncia, inequívocamente, que la fiesta ha terminado.
La acumulación de papel picado da la magnitud exacta de la juerga al mismo tiempo que presagia el trabajo de limpieza y reconstrucción que se avecina.
La constante del trabajo presentado por Hubard es la apertura. El espectador no tiene resuelto ninguno de los problemas que plantea la obra. No sabemos si la fiesta terminó bien o mal, si fue cómoda o se coronó en un fracaso estrepitoso. Hay una búsqueda voluntaria por no cerrar los círculos narrativos y eso posibilita deambular por la exposición en más de una dirección y rehaciendo preguntas todo el tiempo.
El saldo en la muestra es realmente positivo. Si bien hay una idea rectora, no se lleva puesto el resultado artístico plural, completando una experiencia comunicativa grata, estimulante y creativa.
Es interesante la tensión entre el título de la muestra –El último apaga la luz– con la reinauguración del Centro Cultural Recoleta que, zigzagueante y dubitativo, parece querer encontrar un camino mejor luego de un largo período de inexplicable abandono.
Publicada en Revista Ñ el 9 de febrero de 2019.
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