| Marzo 03, 2019, 11 45am

Carla Lois: "Existe lo imposible de explorar"



Autor: Esteban Lo Presti





Carla Lois es Licenciada en Geografía y Doctora en Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y Investigadora Independiente del  CONICET. Se desempeña como Profesora en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de La Plata en las áreas de historia del pensamiento geográfico y cartografía. En sus trabajos de investigación se dedica al campo de historia de la geografía y de la cartografía, historia territorial, cultura visual y el vínculo entre las imágenes y el pensamiento científico, y las imágenes cartográficas. Acaba de publicar por Eudeba Terrae Incognitae. Sobre su nuevo libro hablamos en esta entrevista.
 
¿Qué son las Terrae incognitae?
Son promesas, como acertadamente dice el historiador Daniel Boorstin: “Las palabras más prometedoras que se han escrito nunca en los mapas del conocimiento humano son Terra Incognita”. Las Terrae Incognitae son deseos, son proyectos, son búsquedas. Una Terra Incognita es algo que se desea conocer. Por eso es una metáfora de muchas otras cosas: las terrae incognitae son cuestiones inaccesibles al conocimiento humano. No sólo son geografías. También pueden ser objetos o pensamientos indescifrables: el cerebro humano, las preguntas existenciales, el origen de la vida… Las terrae incognitae son cuestiones inaccesibles al conocimiento humano. En realidad, más que una cosa física, es una categoría epistemológica, flexible e inestable: cuando con la producción de saberes y de conocimiento se van encontrando respuestas a los desafíos que plantean las terrae incognitae, lo desconocido se evapora. Sin embargo, reemerge en otros formatos y asociado a nuevos objetos o ideas, porque el “hambre de conocimiento” intrínseco a los espíritus inquietos es insaciable.
¿Cómo, o cuándo, lo desconocido se convierte en explorado?
Explorar no es sinónimo de conocer. Por eso, lo desconocido puede ser explorado y seguir siendo desconocido. La cuestión clave es qué lugar ocupa la exploración durante el proceso en que lo desconocido se transforma en conocido. Lo desconocido se convierte en conocido cuando encontramos las palabras para dotar de significado a eso explorado, cuando se alcanza a conocerlo intelectualmente, cuando se encuentran las categorías que permiten conceptualizarlo, explicarlo y difundir o hacer circular ese conocimiento nuevo acerca de lo explorado (ya sea entre especialistas o entre el público lego). Uno de los mejores ejemplos para ilustrar esta idea son los viajes de Cristóbal Colón al Nuevo Mundo: mientras Colón (y toda la empresa que estaba detrás de su aventura) no fue capaz de entender dónde estaba ni explicar qué significaba haber encontrado un nuevo continente que revolucionaría por completo la convicción de que el mundo estaba formado sólo por tres partes (Europa, Asia y África), no puede hablarse de exploración ni de “descubrimiento”. La historiadora Mercedes Maroto dijo que “todos los descubrimientos tuvieron que ser redescubiertos”. Y tiene razón: durante el par de siglos que le siguió al inicio de los viajes transatlánticos en la Modernidad temprana, fue necesario reinterpretar todas las evidencias recopiladas hasta entonces para articularlas en un discurso comprehensivo acerca de la naturaleza geográfica de la superficie terrestre.
¿Hay una decisión política en que la Patagonia deje de ser “un lugar solo habitado por fieras”?
Por un lado, en las prácticas de mapeo desde los tiempos de la Ilustración y la llamada Revolución Científica hay una tendencia más amplia (que excede el caso patagónico) que consistió a eliminar ese tipo de iconografías que solían habitar los mapas y reemplazarlas por datos medidos con instrumentos. Eso encajaba adecuadamente con los cánones y los paradigmas científicos de la época. Hacia el siglo XIX, eso ya estaba consolidado.
Pero, por otro lado, es cierto que la representación de la Patagonia en la cartografía producida en Argentina (que empezó a finales del siglo XIX, cuando ese proceso de “cientifización” de la cartografía que acabo de mencionar era el parámetro de legitimidad de los mapas) estuvo atravesada por decisiones políticas. Las instituciones cartográficas argentinas no sólo eliminaron los monstruos de la Patagonia sino que también borraron las comunidades originarias y gran parte del pasado de la región para reescribir una historia territorial que sirviera de sostén para la “invención de una tradición” (como dice Eric Hobsbawn) de una nación nueva que requería un pasado a partir del cual proyectar hacia el futuro un proyecto de país. Pero esto no fue una excepción ni mucho menos algo novedoso: todos los estados usaron y usan los mapas para crear imaginarios geográficos que refuercen sentimientos nacionalistas. Más allá de estos usos que los Estados hacen los mapas, lo más importante que debo señalar es que todo mapa es político.
¿Existe lo imposible de explorar?
Absolutamente. En general, esa imposibilidad se debe a la falta de medios técnicos para acceder a aquellos objetos que se quiere explorar. Pensamos, por ejemplo, en el caso de los planetas más alejados de la Tierra a los que todavía no se puede llegar. Para zanjar esa imposibilidad de explorar “en vivo y en directo” existe la imaginación. Y no me refiero a la imaginación en términos peyorativos o despectivos, como algo opuesto a la ciencia, a lo riguroso o a lo verdadero. Cuando imaginamos, ponemos en acción, con mayor o menor grado de conciencia, un arsenal enorme de conocimientos previos, de expectativas, de hipótesis, de información, de presupuestos. Imaginar es una actividad intelectual muy potente para crear realidades, para explorar lo desconocido de maneras creativas e incluso para formular hipótesis que luego pueden trasvasar al ámbito científico en busca de otro tipo de respuestas.
¿Cuáles son las diferencias entre lo no conocido y lo imposible de explorar?
Es equivalente a la distinción entre lo invisible y lo no-visible. La categoría de “no visible” es necesariamente histórica, tanto en lo que concierne a las cuestiones tecnológicas como en lo que atañe a la configuración de campos del saber. En los vínculos que se establecen entre visión y conocimiento, cabe diferenciar, por un lado, aquello que no es visible a simple vista pero que sí puede ser visto con ciertas tecnologías de la visión (hubo objetos que no eran desconocidos pero cuyos detalles no podían ser vistos ni registrados con minuciosidad; por ejemplo, se sabía que la Luna existía mucho antes de que pudieran mapearse sus cráteres, definirse su naturaleza o poner un pie sobre ella) de aquellos objetos que, mientras que invisibles, resultan casi impensables (como la célula). En este sentido, lo interesante es analizar cómo las transformaciones y las innovaciones tecnológicas modificaron y modifican la visibilidad de los objetos, y no sólo aspectos limitados a las propiedades técnicas de cada instrumento. En cambio, lo invisible es aquello que literalmente es imposible de ver, como por ejemplo los fondos oceánicos: jamás podremos vaciar los océanos, retirar el agua, para ver efectivamente cómo es la corteza suboceánica; aun así, eso no impidió que se desarrollaran técnicas e instrumentos que permitan crear imágenes para que podamos visualizarlo e incluso explicar fenómenos geológicos tales como el desplazamiento de las placas tectónicas.
Entonces, lo no conocido es aquello que todavía no se conoce. Lo imposible de explorar es aquello que, con los medios disponibles, no somos siquiera capaces de imaginar.
¿Qué es lo que te motivó a reflexionar sobre lo desconocido y a escribir un libro sobre eso?
Probablemente el disparador fue, como decía Boorstin, la curiosidad que me despertaba encontrar las palabras Terra Incognita en los mapas. Pero cuando entendí que las tierras incógnitas eran mucho más que aquellos rincones del mundo a los que nadie había llegado y que, en realidad, eran todo aquello inaccesible a nuestra capacidad de entendimiento, me apasionó pensar que la historia de la inscripción del giro terrae incognitae podía ser una excusa muy eficaz para enfrentar los fantasmas que generan las incertidumbres. Al fin y al cabo, explorar el mundo es explorarnos a nosotros mismos.