| Enero 18, 2019, 11 51am

El Reino Unido en su laberinto

A poco más de dos meses de tener que cumplir con la cláusula 50 de salida de la Unión Europea, el gobierno conservador no logró aprobar el acuerdo de rescisión. El Brexit es la peor pesadilla política británica de la que, tal vez se salga por donde se entró: un referéndum.

Autor: Alejandro Garvie


Mientras Marcelo Bielsa se disculpa porque su obsesión profesional lo llevó a espiar a los equipos rivales, en el mismo país se viven horas propias de una de sus colonias en el siglo XIX.
El acuerdo presentado en el Parlamento para lograr el Brexit fue demolido con la derrota más amplia en la historia de Westminster: 432 diputados -entre ellos 118 del Partido Conservador - votaron contra el acuerdo negociado con Bruselas por la primera ministra Theresa May, que solo logró 202 votos favorables. De no ser por su obsesiva tozudez, May, como cualquier primer ministro derrotado tan catastróficamente, hubiera renunciado. Lejos de eso, no solo se mantiene firme, sino que obligó a que el líder laborista Jeremy Corbyn no pudiera seguir retrasando la presentación de una moción de censura contra ella, aun sabiendo que la maniobra lo exponía al rechazo que finalmente tuvo al día siguiente de la votación del Brexit.
Los mismos legisladores propios que votaron en contra del acuerdo estuvieron en contra de la moción de censura de Corbyn, junto con otros partidos minoritarios como el DUP irlandés, por lo que la situación es esta: Brexit sin acuerdo, un Plan B o reforma al acuerdo actual que presentaría May el lunes, llamar a un nuevo referéndum – que es la propuesta de Corbyn – para lo cual habría que solicitar una prórroga del plazo de salida previsto hasta hoy, o solicitar una revocación del pedido de salida – esta última propuesta por el Tribunal de Justicia de la UE, hace unas pocas semanas. Al menos quedó descartada la posibilidad de tener que formar un nuevo gobierno, o incluso llamar a elecciones, con el rechazo de la censura. 
En opinión de Anand Menon, profesor de Política Europea en el Kings College London – consultado por AFP - la primera ministra “que es obstinada, volverá al Parlamento y lo intentará de nuevo”. Sin embargo, “creo que la magnitud de esta derrota hará que la UE se plantee si merece la pena hacer concesiones, dado el número de diputados a los que tiene que convencer la primera ministra”, agregó.
La salida sin acuerdo, una especie de crowding out del Reino Unido sería de consecuencias devastadoras para su economía, tal como se ha encargado de recordar Carolyn Fairbairn, directora de la principal patronal británica, la Confederación de la Industria Británica (CBI): “No nos engañemos, una ausencia de acuerdo sería imposible de gestionar. Ciertamente, no es deseable”. De momento, la CBI ha estimado que esa situación haría caer el PBI en un 8 por ciento, porque de la noche a la mañana el comercio entre Reino Unido y los 27 países de la UE pasaría a regirse por las reglas básicas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), que fija los aranceles a la circulación de mercancías.
Para el jefe de negociadores para el Brexit de la UE, Michel Barnier, el riesgo de un Brexit sin acuerdo “nunca ha parecido tan elevado”. Por su lado, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, que representa a los 28 Estados miembros del bloque, se preguntó: “Si un acuerdo es imposible, y nadie quiere una salida sin acuerdo, entonces ¿quién tendrá finalmente el valor de decir cuál es la única solución positiva?”.
Los líderes europeos han coincidido, con más o menos optimismo, que la pelota está en el campo de las Islas Británicas y que de ellos depende la solución. Mientras muchos empresarios temen por el futuro de la economía y entienden que su lógica no coincide con la lógica política imperante en el gobierno conservador, la población hasta podría poner en dudas la regla democrática, porque hay que recordar que a esta situación se llegó por el referéndum de 2016, para muchos amañado o sesgado por el flamígero discurso nacionalista que apelando a la emoción y al “sentido común” olvida las complejidades del mundo del siglo XXI para hundirse en el romanticismo de fines del siglo XIX.