Opinión | Enero 11, 2019, 4 14am

Bofetadas en el colegio



Autor: Fernando Aramburu


Le dirigí la palabra en el interior de un tren. Yo sobrepasaba los treinta años de edad y él ya se había metido de lleno en la senectud. Me sorprendió que no fuera tan alto ni tan fornido como me lo dibujaba la memoria. No menor fue la sorpresa de verlo sonreír cuando le dije que yo había sido alumno suyo. Ignoro su apellido. Para mí será por siempre don Tomás, nombre que, cuando estuve bajo su férula, me era difícil pronunciar sin que la voz me temblara.
Su camino y el mío se cruzaron en tercero de Enseñanza Primaria, mediada la década de los sesenta del siglo pasado, en las Escuelas Públicas de El Antiguo, en San Sebastián. Corría por los pasillos del colegio su fama de ogro. Todos los docentes pegaban, unos más que otros; pero este, don Tomás, presentaba la particularidad de valerse en ocasiones de una regla con la que yo creo que habría podido hacer historia en la batalla de Waterloo. En aquel colegio no se castigaba la mala conducta. Allí no se portaban mal ni las moscas que a veces entraban por la ventana. Se castigaban fechorías como la limitación intelectual o la falta de conocimientos.
Don Tomás, muchos años después, en el tren, no se podía acordar de uno de tantos discípulos que en su día se arracimaron tiesos de temor en sus clases. Me dijo que su propósito consistía en dar una buena formación a los alumnos. En apoyo de sus palabras, hizo un ademán enérgico con el puño. No abrigo la menor duda acerca de su sinceridad, y esto me ayuda a entender que los cachetes, collejas y reglazos en las aulas no eran cuestión de violencia gratuita, sino que obedecían a una finalidad pedagógica de amplia aceptación social. El refrán la letra con sangre entra es uno de los primeros que memoricé de niño, huelga decir que con plena conciencia de su significado. Detestaba las bofetadas porque dolían, lo dejaban a uno humillado delante de los compañeros y daban miedo, no porque me pareciesen injustas. De hecho, la ley no las prohibía.
Me son desconocidos los episodios de abusos sexuales en los colegios de mi niñez; al menos nunca llegó a mis oídos la noticia de que se hubiera producido alguno. Tampoco me constan los casos graves de acoso escolar, ni que hubiera colegiales sometidos a tratamiento con psicofármacos o padres que desautorizasen a los profesores. El principal punto negro de mi experiencia escolar era el abofeteamiento generalizado, exigido incluso por los propios progenitores, en el convencimiento de que no debía faltar en la educación escolar un ingrediente de doma. Tanto como proporcionarnos una formación básica querían avezarnos a la lucha por la vida, atajar nuestros instintos negativos (la pereza, el genio levantisco, la propensión a la travesura) y adiestrarnos en el respeto y la disciplina.
Uno aprendía principalmente por miedo, más que por curiosidad o por gusto en el conocimiento de las distintas materias; pero es innegable que uno aprendía, razón por la cual no se puede hablar de aquellos métodos coercitivos como casos de violencia sin más. El maestro necesitaba silencio para cumplir su tarea docente y lo imponía sin limitación de su autoridad. Debía embutir en el racimo de cabezas infantiles los nombres de los reyes godos y los embutía, a costa en ocasiones de las lágrimas de sus discípulos. La severidad lo investía de prestigio pues era la demostración de que él se tomaba su trabajo en serio, tan en serio como para que el padre de fulanito o la madre de menganito fueran a la puerta del colegio a estrechar agradecidamente la mano que cada dos por tres calentaba la cara de sus hijos.
El terror a la regla de don Tomás incentivaba de tal manera en mí la aplicación que fui ascendido de la noche a la mañana, por decisión del director del centro, al curso inmediatamente superior. Las consecuencias para el desarrollo de mi personalidad fueron nefastas. Durante varios años hube de convivir con compañeros de clase más corpulentos que yo, lo que en incontables situaciones, no sólo en los casos de desavenencia, me acarreaba grandes inconvenientes. Tiempo después fui obligado a repetir el último curso del Bachillerato Elemental a pesar de tener todas las asignaturas aprobadas, pues no me alcanzaba la edad estipulada en la llamada Ley General de Educación de 1970 para ingresar en el Bachillerato Superior. Perdí el tiempo durante un año, se lo hacía perder a los demás, no aprendí nada.
Discrepo de quienes afirman que la bofetada en clase no constituye un recurso educativo ni sirve para resolver situaciones de conflicto. Discrepo, por descontado, desde mi rechazo sin restricciones al uso de la violencia física y psicológica como estímulo o método de aprendizaje o en cualquier otro ámbito de la vida, empezando por el familiar. Este rechazo, asentado en el Código Civil (artículo 154), nos confiere una aureola de personas pacíficas, partidarias de estrategias motivadoras y persuasivas basadas en la calma, la reflexión, el diálogo y el buen ejemplo; pero no nos exonera, ni como padres ni como profesionales de la educación escolar, de tener que admitir el hecho demostrable de que hoy día, no voy a decir en todas, pero sí en muchas aulas el ambiente de indisciplina, desidia, frustración, ruido y falta de respeto perjudica seriamente la formación de los alumnos, así como la salud física y mental de los docentes.
Las directrices pedagógicas sugieren a menudo la resolución de problemas educativos con palabras bellas. Luego la realidad cotidiana busca sus cauces, arrastrando barranco abajo las buenas intenciones. No puede obviarse que con frecuencia los objetivos que antaño se confiaban a la coerción no acaban de alcanzarse satisfactoriamente hoy día por medios conciliatorios y, digámoslo de una vez, blandos, si no es que se traslada la estrategia punitiva a las notas o a la familia en el caso de que exista. No es raro que alumnos y profesores hayan de recurrir a los servicios de un psicólogo, o que unos y otros cifren su mayor aspiración en llegar incólumes a las siguientes vacaciones.
Alguna vez soñé con ser de mayor maestro para pegar a los alumnos y padre para pegar a mis hijos. La vida me deparó ambos destinos. Sin embargo, me mordería la mano antes que descargarla contra una mejilla infantil. Pongo en duda que el ser humano sea una consecuencia automática de la educación recibida en la niñez, aunque la educación por supuesto influya. La Formación del Espíritu Nacional no impidió a mi generación abofeteada abrazar los principios del Estado de derecho ni liderar en los años ochenta y noventa la educación antiautoritaria. Eso sí, de las bofetadas que me cayeron hay dos o tres que hoy agradezco y yo sé muy bien por qué.
Publicada en El Mundo el 9 de diciembre de 2018.
Link https://www.elmundo.es/opinion/2018/12/09/5c0ba65ffc6c83177e8b462c.html