Opinión | Diciembre 07, 2018, 4 11am

Volvió Carrió e hizo otra de las suyas



Autor: Marcos Novaro


La líder del ARI se piensa a la vez como suma sacerdotisa de Cambiemos y como su espíritu más rebelde y la opositora más eficaz, la única que realmente está en condiciones de frenar a Macri cada vez que él se equivoque. ¿Puede funcionar una fórmula tan en el límite, en un contexto tan frágil como el que vivimos?
Ya lo vimos con el choque de frente que protagonizó con Germán Garavano semanas atrás, por las prisiones preventivas contra implicados en casos de corrupción: Elisa Carrió cree que para salvar a Cambiemos en su hora más difícil ella tiene que llevar al extremo su rol como crítica implacable del gobierno, porque de ese modo margina a la oposición, la deja sin ninguna función útil que cumplir, y seduce a los disconformes con el gobierno, que son un montón, y en los últimos tiempos crecen cada vez más.
La técnica no es nueva. En verdad la viene practicando el peronismo casi desde sus orígenes, sobre todo cuando está en el gobierno. Y hay que reconocer que en muchas ocasiones le dio buen resultado, por ese principio que Perón condensó en una famosa analogía gatuna, con su habitual ironía: cuando se escuchan maullidos atroces y todos creen que los peronistas se están matando, en realidad se están reproduciendo.
El punto es: ¿con este juego Carrió puede lograr que Cambiemos amplíe su representatividad, recupere su ímpetu y vuelva a crecer, o está corriendo y haciéndole correr a sus socios demasiados riesgos, sometiendo a una insoportable tensión a una coalición y una identidad demasiado frágiles?
Dicho de otro modo: lo que pueden los peronistas, porque para ellos siempre es posible volver a sentarse alrededor de la misma mesa y ponerse de acuerdo, por más que hayan roto todos los platos y tirado por los aires el mantel, e incluso a algunos de los comensales, no es recomendable que intenten imitarlo otras fuerzas políticas, porque el riesgo de ruptura es mucho más alto que los beneficios que pueden cosecharse.
Nótese que, pensado desde esta perspectiva, el conflicto no necesita resolverse. Alcanza con que ocupe la escena, llame la atención del público, y éste se divida en dos bandos, los que simpatizan con la rebeldía de Carrió, y los que prefieren las pragmáticas y modestas soluciones que ofrece Macri. Lo que importa es eso, que todos hablemos durante un tiempo sobre si se equivoca uno o se equivoca el otro, hasta que el tema pase y aparezca uno nuevo.
Veamos si no lo sucedido con el caso de Garavano y las preventivas: no hubo acuerdo, la líder del ARI reclamó la cabeza del ministro, no se la dieron y ella guardó silencio, pero se mantuvo en sus trece como máxima encarnación ética, la guardiana de la lucha contra la corrupción. La rebelde que habla sin pelos en la lengua y actúa sin preocuparse, en apariencia, por los intereses de su propia fuerza, si no sólo por los de la república. Contra y el presidente, que defiende su autoridad y se atiene a “lo que hay que hacer” (para sobrevivir, valga la aclaración). Y cada uno siguió por su lado, haciendo su juego, sin problemas.
Con el nuevo tema de conflicto que acaba de aparecer, el protocolo para uso de armas de fuego por parte de las fuerzas de seguridad anunciado por Patricia Bullrich, es muy más probable que suceda algo parecido.
La ministra ya adelantó que no hay contradicción alguna con el código penal, que lo único que se modifica es la regla impuesta en los últimos años según la cual los agentes del Estado no podían disparar a nadie hasta el momento de recibir ellos o algún tercero un disparo, regla que según Bullrich los convertía en blanco fácil de delincuentes armados. Además, es impensable que, después de su resonante éxito en el operativo de seguridad y control de la protesta durante la cumbre del G20, y de todas las muestras de simpatía por sus puntos de vista que le ha ofrendado Macri, ella esté actuando sin su total apoyo, o haya alguna mínima chance de que retroceda con su resolución.
Mientras tanto, indiferente a estas consideraciones, Carrió se plantó en el extremo opuesto del ring, y fue incluso más allá que los más críticos opositores: dijo que la resolución “hiere los derechos humanos” y culpabilizó a Bullrich personalmente, porque “se le va la mano” en un asunto que no habría sido consensuado en el oficialismo, ni siquiera en el Ejecutivo. Así que es de esperar que ella tampoco retroceda, e insista en frustrar el cambio anunciado, para que “no vayamos hacia el fascismo”.
Son palabras muy fuertes, puede que demasiado. Expresan posturas irreconciliables encima sobre una cuestión, una de las pocas, en que el gobierno no es señalado como un total fracaso, por lo que merecería que los oficialistas hicieran un poco más de esfuerzo que en otros terrenos para ponerse de acuerdo, ¿verdad? Pero si no lo hacen, ¿pagarán algún costo?, ¿la disputa sobre este asunto tiene en serio chances de llevarlos hacía una ruptura?
No parece que esté cambiando el parámetro básico que mantiene unido a Cambiemos: no hay ninguna opción de salida mínimamente tentadora. El que abandone la coalición puede que deje de ser cola de león, pero para volverse cabeza de ratón. Parámetro que, en ausencia de una identidad y una tradición tan fuertes y longevas como las peronistas, reviste una importancia fundamental.
Pero aunque ruptura no haya en el horizonte, puede que sí se de un cierto desgaste, un clima de querella creciente y declinante colaboración. Y eso a pesar de que la fórmula pueda funcionar para que en la coyuntura se junten algunos votos más. Porque la cohesión y el rumbo oficiales quedarán heridos.
Es difícil saber cuánto hay de cálculo y cuánto de instinto en estos lances cada vez más virulentos que hace Carrió, y que tolera pero mayormente desatiende Macri. Mi impresión es que hay bastante cálculo. Pero puede que sea un cálculo errado.
Publicado en www.tn.com.ar el 5 de diciembre de 2018.
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