| Diciembre 06, 2018, 10 24am

Babel



Autor: Ángeles Salvador


Buenos Aires despidió a los G-20ers. Adiós, pronto nos volveremos a ver. Uno por uno se fueron yendo. Cada uno a su sillita en la capital. En los aviones más lindos del mundo. Dice Franco Rinaldi, politólogo especializado en aviación comercial y trumpista de la primera hora, que el más lindo de todos es el Air Force One. Algunos replican que prefieren al avión chino. Todas las palabras que atraviesan una cumbre también son las palabras más lindas, para empezar: mundo, luego cumbre, luego aviones. Los aviones. Y presidente y guerra y paz y diálogo y libertad y hotel y guardaespaldas y futuro y bomba y globo y nación. Es muy fácil escribir Babel en español. Se dice así: Babel.
Babel fue a tomar un café a la librería El Ateneo con para leer en francés unas ocurrencias de Borges que cita Bioy en su Borges, (viene muy bien hablar de Borges en un artículo con espíritu universalista como éste). Se lo puede ver, a Babel, tentarse con lo que lee. Allí, estaba el cine Grand Splendid y a metros la heladería Freddo, la original, y en la esquina con Riobamba, está Babieca, la confitería que vio los levantes gays más evidentes y más disimulados, a la vez, de la historia gay porteña, y doblando por Riobamba la Escuela Argentina Modelo de la que egresaron Horacito Rodríguez Larreta, Alejandro Fargosi, Hugo Biolcatti de La Rural,  Mariana Fabbiani, Carlos Carrascosa y el historiador Daniel Balmaceda, por donde caminaron T&G Di Tella, Jaime Etcheverry, Laclau, Coti Nosiglia, los dos presidentes temporarios que metió la “Modelo”: Federico Pinedo y Ramón Puerta y el gran Aldo Sessa y, doblando, una vez más, por Marcelo T., el “Pelle”, escuela de comercio del que egresaron Daniel Scioli, Jesús Rodríguez y Horacio Fontova, los altísimos funcionarios en funciones: Andy Freire y Avelluto, la abogada exitosa Ana Rosenfeld y el otro historiador mediático, Felipe Pigna Pugna, y el icónico bandoneonista porteño Pichuco. Los que antes se rateaban a los cines dieron paso a estas generaciones que cada tanto dan la vuelta y se refugian en la librería durante las horas en las que faltan los profesores. Allí estuvo Babel y a nosotros nos emociona por todas esas tonterías imposibles de transferir turísticamente.
Babel va a comer a Don Julio en pleno Palermo Soho (¿hay algo más antiglobalización que la nomenclatura catastral de nuestros palermos para definirlos como unidades territoriales, pequeñas naciones, unidades identitarias dentro de un universo Palermo feliz? Sí, bueno, hay muchas cosas mucho más antiglobalización que esa, por ejemplo: Theresa May haciendo cut paste con el acuerdo por el Brexit). Babel sale de comer de la parrilla y es aplaudida por personas que saben bien poco de la transformación
Babel se encierra en el consulado en Buenos Aires y no sale mientras recrea en su imaginario otro consulado en Estambul como una trampa, como una cueva de Alí Babá y los cuarenta homicidas. Ese mismo Babel que choca los cinco con otro Babel que le gusta medirsela y ganar siempre.
Así se escribe un G20, como quien hace la crónica suspicaz y con visión antropológica de un concurso de medidas fálicas. Trump la tiene más grande. Es el poronga del grupo según el argot carcelario local del que damos cuenta por las series locales y por los noticieros con temática indigente. Trump y su carácter grosero, de jefe con ganas de despedir gente. Un personaje trillado e inabarcable a la vez. Un hombre que nos excede y nos excederá. Elástico para la parodia y demasiado concreto para ser un sueño. Demasiado activo para ser concreto. Demasiado impredecible para negociar mal. Por eso para escribir a Trump solo hace falta poner Trump. Es su propia figura retórica. Para escribir Putin, en cambio, hace falta esclarecer los términos primero. Un autócrata risueño, pagado de sí mismo. El antagonista del mundo entero, capitalista y seductor. Putin se escribe Ruso. Así, el gentilicio. Y sin embargo, hay gente que está confundida con Putin. Que lo ve como un “independiente” en el sentido más inocuo de la palabra. Así el frontispicio del mal se completa con los llegados de Turquía, Arabia y China. La verdad que no hay mucho por lo que alegrarse. La liga de la Justicia del mundo es una liga que no se deconstruyó. Hacen contradictorias reformas hacia adelante con la imposición del terror de siempre. El eje de la prestancia lo encabezan Macron, Trudeau y Sánchez (El más guapo, Pedro) de los cuales pareciera que la gente no puede hablar sin suspirar. Ellos no la tienen ni grande ni chica, ellos son elegantes, sexies, la centrofilia del mundo. Así como Awada, Melania y Máxima que poseen glamour y puntería para enganchar el papel secundario mejor premiado.
Pasó desapercibido el presidente de Corea del Sur: del que me apunta el periodista Federico Poore: “Linda historia. Abogado de derechos humanos que llegó al poder hace año y pico luego de que su antecesora, una conservadora corrupta, fuera removida por impeachment. La Historia lo puso en el lugar justo en el momento justo para poder funcionar como un puente entre Trump y Kim Jong-un y ahora está avanzando todo el proceso de paz en la península coreana”. Nadie nombró al gran terciador.
Para escribir sobre G20 es muy bueno tener la astucia de incluir como subgénero a la literatura gastronómica. Mechar las relaciones internacionales con cepas de malbec, y luego quejarse del malbec, porque ya nos resulta demodé y agotador, sobre todo para un australiano, para un japonés, le hace doler la cabeza a Madame Brigitte Macrón, y luego comentar al pasar que en la eterna rivalidad provincial de empanadas descolló Jujuy y ligar para mezclar todo, porque de eso se trata el G20, que es una afrenta a Salta y Tucumán, y que si Jujuy tiene el litio como novedad, como recurso estrella, es un exceso querer adjudicarse la denominación de origen de la empanada del país. En un G20 se escriben comidas, comidas servidas por mozos, un mozo por comensal, en una coreografía imprecisa con platos con cloche, dignas del Colón. Al menos del Colón alquilado para eventos.
Los presidentes se fueron. Algunos a Paraguay, otros a funerales de Estado, otros a encerrarse en palacios laberínticos, otros a soñar el retiro y otros a retirarse y soñar la rosca, otros a mandar astronautas al espacio y otros a dar una orden de ejecución. El mundo se replegó en Buenos Aires, mientras estuvieron acá, nos sentimos como en una película, no faltaron ni un sismo ni una tormenta torrencial, no faltó el vano carrousel de limusinas y tanques, de damas con stilettos, el robótico apretón de manos, y diplomacia al palo, pour la gallerie, un club de caballeros con las mejores intenciones que, como dice Serrat, en una gran subordinada rítmica, “no pierden ocasión de declarar públicamente su empeño en propiciar un diálogo de franca distensión que les permita hallar un marco previo que garantice unas premisas mínimas que faciliten crear los resortes que impulsen un punto de partida sólido y capaz, de este a oeste y de sur a norte, donde establecer las bases de un tratado de amistad que contribuya a poner los cimientos de una plataforma donde edificar un hermoso futuro de amor y paz”.