Opinión | Diciembre 05, 2018, 9 21am

¿Qué nos dejó la cumbre del G20 realizada en Argentina?



Autor: Ricardo Carciofi


Cuando el lector recorra estas líneas el lunes a la mañana, el G20 de Argentina pertenecerá a la Historia. La ocasión es propicia para preguntarse qué nos ha dejado esta cumbre que concentró el foco de atención de una audiencia global. La respuesta simple al interrogante es que todo depende de cuáles sean los planos de interés y de las expectativas previas al encuentro. Y eso exige adentrarse en el terreno.
Hay una primera dimensión que es la del país anfitrión: Argentina, en este caso. Si bien puede parecer un ángulo carente de trascedencia, en rigor no lo es. El Gobierno asumió riesgos cuando se ofreció como sede la cumbre. Riesgos no sólo en el plano diplomático, logístico y de seguridad, sino principalmente de aquéllo que está fuera del tablero de control: la incertidumbre de resultados. Cabía la posibilidad, algo extrema pero no improbable, que el G20 de Argentina hubiese sido una cumbre fracasada. Eso no ocurrió. El hecho es relevante, más allá de cuál sea la importancia de los logros obtenidos.
Lo anterior abre paso al análisis de los aspectos sustantivos. Como es sabido, el G20 nació en 1998 como un foro ministerial para la coordinación macroeconómica y financiera de los países que lo integran, cuyas economías sumadas representan hoy 85% del PIB mundial. Con el correr del tiempo, y especialmente a partir de 2008, cuando cobró impulso la mecánica de cumbre de mandatarios, se han agregado otros tópicos de relevancia para el desarrollo y la gobernanza global. Así por ejemplo, ejerciendo la cuota de liderazgo propia del organizador, Argentina incorporó lo suyo en la agenda de Buenos Aires. El futuro del trabajo, la seguridad alimentaria y la infraestructura fueron los aportes que también suscita el interés y apoyo de los países menos desarrollados del grupo.
El comunicado de la cumbre ofrece un razonable compendio de los puntos centrales del debate. Una lectura superficial del texto puede dar lugar a la insatisfacción. El nivel de generalidad de las afirmaciones puede también exasperar a algunos e inquietar a otros. No obstante, si se recorren los párrafos en el contexto de las reuniones anteriores y de otros mecanismos de diálogo regional y multilateral, se obtiene una medida bastante aproximada de las distancias que separan las complejas realidades de la sociedad global con las posibilidades de tejer consensos efectivos para la acción. El G20 de Argentina ha concluido con una declaración que no omite la referencia al tema más espinoso de la ocasión: el comercio. No era obvio que tal cosa ocurriera. Basta el antecedente de la Cumbre de Apec de días atrás: allí no fue posible plasmar un texto de consenso.
Volviendo entonces a la pregunta, ¿qué deja el G20 en los temas que son el eje de su agenda? De un lado, la voluntad de seguir trabajando en varias de las líneas de acción que están instaladas: estándares y regulación financiera, movimientos de capital, normas de inversiones, sostenibilidad de la deuda, modernización de los sistemas tributarios y cooperación internacional en la materia, y, muy importante, el consenso para dotar de más eficacia a la OMC dentro de orden internacional basado en reglas. Si bien son temas de absoluta relevancia, son cuestiones ya instaladas y cabe la duda de cuánto podrá concretarse de todo esto hasta la próxima Cumbre de Tokio.
Lo cierto es que en el centro del G20 de Argentina quedó instalada la relación China-EE.UU., una suerte de G2 donde se destaca más la fricción que la cooperación. Este es una dimensión que adquirió gravitación creciente desde la Cumbre de 2017 en Alemania, porque en los meses siguientes a Hamburgo se materializaron las medidas arancelarias y de trabas al comercio. Más aún, recientemente la OCDE ha señalado que el calibre de las decisiones adoptadas están teniendo impacto en el crecimiento global. Luego, la tensión al interior del G2 se convierte en un problema del G20.
En la Cumbre de Buenos Aires se concretó la reunión entre Donald Trump y Xi Jinping. Ciertamente un dato mejor que si tal encuentro no hubiera existido. Los anuncios de la reunión suenan en clave de tregua: el compromiso de EE.UU. que no subirá las tarifas a partir del 1° de enero mientras siguen las negociaciones. No obstante, y aún asumiendo que la conversación permita avances en el plano comercial –lo cual sería un logro clave– la tensión subyacente habrá de continuar. Porque la cuestión de fondo es una disputa por el liderazgo global donde están en juego aspectos económicos y de geopolítica internacional. El proceso ha comenzado, está en pleno desarrollo y el final no está a la vista.
En consecuencia, parece una hipótesis plausible que de aquí en más las subsiguientes Cumbres del G20 estarán dominadas por los altibajos de la relación EE.UU.-China. Los mecanismos de coordinación macroeconómica y financiera que prevalecieron en el pasado –aún anteriores al G7–, han ingresado en una fase distinta. El remezón conmueve a todo el edificio de instituciones multilaterales construídas bajo el liderazgo estadounidense. Ahora se ha ingresado en un orden global donde China busca su papel como potencia ascendente. Así, por ejemplo, no es casual que la guerra comercial entre ambos haya impactado mayormente sobre la OMC poniendo en juego su eficacia y funcionalidad. No nos debería extrañar que a su tiempo observemos reverberaciones similares en otros organismos.
Finalmente, hay un tercer plano: el aporte de esta cumbre para Argentina. En cierta medida, el país ya ha capitalizado su función de sede. Muy probablemente la obtención del apoyo financiero del FMI habría sido más difícil de no haber existido la reunión de mandatarios en Buenos Aires. De otro lado, la administración ha hecho una fuerte demostración de su compromiso con la cooperación internacional, detrás de la cual ha alineado un conjunto de acciones: la reunión ministerial de la OMC en diciembre pasado, la postulación para el ingreso a la OCDE, una relación activa con todos los organismos multilaterales. En la cumbre finalizada ayer también ha estado presente la dimensión bilateral. Se llevaron a cabo encuentros con varios de los países miembros –India, Canadá, Gran Bretaña, Francia, y la lista sigue-. Más aún, en el intento por arribar a acuerdos de cooperación y apoyo financiero, Argentina ha comenzado a percibir la dificultad de bascular entre ambos polos del G2.
Todas estas son acciones que tienen importancia intrínseca, pero es aún más trascendente su proyección futura. Los compromisos que se han firmado y las expectativas despertadas se trasladan necesariamente hacia adelante. La proyección de Argentina en el complejo damero internacional excede así al actual gobierno para transformarse en una cuestión de estado. El debate sobre cómo Argentina ha de vincularse con el mundo involucra a la ciudadanía en su conjunto. Sin embargo, corresponde a la dirigencia su formulación y expresión concreta. Sin una estrategia compartida será difícil avanzar.
Publicado en El Economista el 3 de diciembre de 2018.
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