Opinión | Diciembre 05, 2018, 4 12am

Reencarnación y teoría política: a propósito de Chantal Mouffe, Laclau y el populismo



Autor: Claudio Iglesias


A fines de los años 80, el comunismo soviético ya no era siquiera una utopía distorsionada respecto de la cual diferenciarse. Esa percepción, bastante generalizada en los ámbitos universitarios de EEUU y Europa, encontró diferentes formulaciones. Algunas de ellas encontraron amplia receptividad entre el público informado de la Argentina, como es el caso del exitoso ensayo de Francis Fukuyama “¿El fin de la historia?”, publicado en la revista The National Interest en 1989. El argumento, brevemente, consignaba que con el colapso del comunismo sobrevendría el fin de la historia entendida como conflicto entre sistemas de ideas o creencias –capitalismo vs socialismo– y no quedaría en adelante más que democracias coexistiendo con economías de mercado. Puede decirse, sin temor a simplificar exageradamente las cosas, que los gobiernos de Carlos Menem pueden interpretarse como una encarnación práctica de aquellas ideas.
Otras ideas, sin embargo, tuvieron una trayectoria menos fulgurante. A menos a corto plazo. En 1986, el matrimonio integrado por Ernesto Laclau, sociólogo argentino radicado en Londres, y la discípula de Althusser, Chantal Mouffe, presentaron ante el público más bien acotado de la izquierda británica un enigmático libro que pasó relativamente desapercibido fuera de los confines de la izquierda europea: Hegemonía y Estrategia Socialista.  El sugerente subtítulo del libro era “hacia una democracia radical y plural”. En pocas palabras, el libro planteaba un ambicioso ajuste de cuentas con los que consideraba aspectos reduccionistas del marxismo presentado como un momento histórico puntual del proyecto emancipatorio, criticando su excesivo énfasis en la lucha de clases. En el mundo real eso implicaba criticar tanto al comunismo soviético (aun vigente en la época de publicación del libro) como al reformismo socialdemócrata, proponiendo una nueva forma de política radical o de izquierda a través de la expansión de la política a grupos supuestamente soslayados por la socialdemocracia: minorías raciales y sexuales, etc.
A contramano de una socialdemocracia habitualmente preocupada por temáticas como la gobernabilidad de la democracia, la modernización y sus consecuencias sobre el desempleo o la crisis fiscal del estado, el proyecto que los profesores Laclau y Mouffe deseaba poner a consideración de la izquierda europea proponía una visión que “fuera más allá de la política institucional”, de las “ficciones representativas” y de la propia idea de la política democrática entendida como un sistema de debate público comprometido con alguna forma de consenso. De esa manera, su propuesta respondía más que nada al legado de los grupos radicales de la izquierda italiana de los años 60 y 70, expurgada de la violencia característica de aquellos. En nombre de su pelea contra Habermas, anticipaban su enemistad con el futuro nuevo laborismo.
Preocupados por temas más mundanos como el desempleo (la llamada “euro esclerosis”), la crisis fiscal y la pérdida de competitividad de la economía, los líderes de la socialdemocracia europea hicieron caso omiso a semejantes propuestas para mantenerse enfocados en una agenda de reformas que dotara a sus países del dinamismo perdido. Lo que iba a venir a resolver esa impasse fue algo no previsto por todos ellos, políticos y teóricos, el colapso del comunismo y el advenimiento de un mundo nuevo relacionado con las economías emergentes del sudeste asiático y de las nuevas repúblicas europeas creadas por la disolución de la URSS.
Por otra parte, América Latina no parecía un mundo apropiado para el tipo de programa que los profesores querían impulsar. Por un lado, todavía se debatía la propia problemática de la democratización –bien representada en el volumen colectivo compilado por O’Donnell, Whitehead y Schmitter, Transiciones desde un Gobierno Autoritario —y los desafíos propios de la institucionalización de las nuevas democracias. Por otro lado, como sugería en su penetrante trabajo De la Revolución a la Democracia Norbert Lechner, la política latinoamericana y, de modo especial, la política latinoamericana de izquierda debía proveerse de una localización y una identidad relativa a la democracia de la que había carecido por completo por cuanto su propio horizonte había sido el de la revolución más que el de la democracia. Así las cosas, por muchos años las ideas de Mouffe y Laclau no tuvieron otro impacto que revolucionar los departamentos de literatura de las universidades inglesas y, en parte, de las más bien poco socialistas universidades norteamericanas, donde se escribían tesis doctorales donde tenía lugar la “deconstrucción del carácter sexista de la democracia” y cosas semejantes inspiradas en aquella “revolución teórica”.
Por un tiempo, Fukuyama pareció ser el que llevaba la voz cantante en cuanto a su capacidad para moldear, en términos del discurso político práctico, las opciones que enfrentaban los líderes del mundo. Y, por supuesto, de América Latina. Uno tras otro, y con el rango de variantes que la política presenta, una pequeña legión de presidentes se aventuraron en el camino de liberalismo democrático y los mercados: Collor de Mello en Brasil, Fujimori en Perú y Menem en Argentina son los ejemplos más visibles de aquella “revolución neoliberal” como se la suele designar hoy. Más aun, las gestiones de la Concertación Democrática en el Chile post dictatorial, las de Fernando Henrique Cardoso en Brasil o los gobiernos colorados y blancos en Uruguay, siguieron ese camino de reformas orientadas al mercado. Hasta cierto punto, los gobiernos del populista Partido de los Trabajadores en Brasil siguieron ese camino en un mundo donde, a diferencia de los años 90, la hegemonía norteamericana parecía haber entrado en zona de declive.
Solo un conjunto de cataclismos políticos, como el caracazo y la irrupción de un liderazgo autoritario en Venezuela o el colapso del régimen de convertibilidad y la caída del gobierno de la Alianza en Argentina se apartaron radicalmente de esa taxonomía: en ambos países, surgieron formas que han tendido a negar en bloque la experiencia democrática anterior y, por ello, eligieron dotarse de una fuente de legitimidad enteramente diferente. Estas experiencias populistas son las que han rehabilitado, inesperadamente, a unas ideas que habían sido ampliamente desestimadas en su ámbito original de elaboración: la vieja Europa socialdemócrata. La radicalidad de la propuesta que ellas inspiran, sin embargo, no es algo de lo que los argentinos nunca hubieran escuchado hablar. Promediando la experiencia de los gobiernos de Menem, otro argentino reconocido por sus aportes al debate de ideas, Guillermo O’Donnell, había propuesto el concepto de democracia delegativa para designar a esas experiencias decisionistas de “ir por todo” que el caudillo riojano utilizó para hacer “cirugía mayor sin anestesia”. O’Donnell hubiera estado muy impresionado de ver como el mismo producto lograba convencer, en un envase nuevo (“la democracia radical” de Laclau y Mouffe) a una nueva generación dispuesta a refundar el país por enésima vez, sin reconocer ningún legado en la tradición anterior ni de los gobiernos del pasado. Esta “otra radicalización”, podría razonarse, no es más que una nueva versión del mismo proyecto de centralizar el poder en una sola persona, “el líder del proyecto”, presentado (o presentada) como “expresión de los intereses populares.”
En los años 90 Paul Krugman prologaba su libro sobre los avatares de la economía norteamericana con una humorada “Un economista indio explica en una ocasión su teoría personal de la reencarnación a sus alumnos de doctorado: ‘Si son economistas buenos y virtuosos’, les dice, ‘reencarnarán como físicos. Pero si son malos y perversos, reencarnarán como sociólogos’”. Parafraseando esa historia podríamos decir que el virtuoso ensayo de teoría política (post) marxista de Laclau y Mouffee ha reencarnado en una biblia populista sin matices, solo para ajustarse a la necesidad de una audiencia que no ha resultado la esperada.