Opinión | Noviembre 14, 2018, 4 10am

¿Renovación o retorno al pasado?



Autor: Rogelio Alaniz


Las diversas e incluso contradictorias versiones del populismo criollo siguen presentes en el discurso y en las prácticas de la política nacional. Un populismo cuyas expresiones “basistas” (en tanto dicen nutrirse de la base de ese pueblo mitológico) se han desarrollado en los últimos años valiéndose, paradójicamente, más que de los supuestos impulsos liberadores del pueblo, de los recursos del Estado, recursos que, a la hora de administrarlos, los principales dirigentes barriales se han revelado como verdaderos maestros en el arte de combinar reclamos justos con extorsiones, convocatorias liberadoras con manipulaciones impiadosas y objetivos igualitarios con una concepción jerárquica y vertical del poder a contramano de la retórica “basista”.
El principal dilema de los movimientos barriales –pienso en Grabois, en Pérsico, en Navarro, entre otros- es cómo relacionar las demandas sociales con la política, interrogante que se abre cuando nace la “sospecha” de que la movilización barrial no alcanza, ya que pareciera que la propia práctica social plantea la necesidad de que la representación sectorial se amplíe a una representación más universal, con lo que la exigencia del partido político empieza a presentarse con más insistencia.
Si la novedad que expresa Grabois -por ejemplo- es la de ser un “representante” del Papa Francisco, la otra novedad es su adhesión a la candidatura presidencial de Cristina Kirchner. Este itinerario completa su último trazo con el lanzamiento en Mar del Plata de Patria Grande, un título por demás significativo en la tradición nac&pop.
Siempre en estos actos fundacionales importa tener presente no solo lo que se dice, sino cómo se lo dice y en ese “cómo” se incluyen gestos y guiños de complicidad con la platea, oficio que el populismo domina con singular destreza.
Grabois , en sus virtudes, vicios y simulacros, cumple al pie de la letra con estas exigencias. Abogado, cientista social, hijo de las clases medias porteñas politizadas, posee la cultura, las astucias e incluso el encanto de quien a su visible condición de clase suma la pretensión de presentarse como un “natural” y virtuoso representante del pueblo renovador.
Presentado como una renovada práctica social y política nueva, este populismo basista abreva en moldes que en los años sesenta expresaron a los sectores católicos y juveniles críticos del denominado sistema liberal y movilizados a favor de un cambio que inevitablemente se identificó con el peronismo de la resistencia y las letanías de los díscolos sacerdotes del Tercer Mundo.
El populismo “basista” parece seguir al pie de la letra una estética que suma al desenfado el lenguaje plebeyo, informal y el rechazo a todo tipo de retórica sospechosa de identificarse con el detestado liberalismo.
¿Importa decir que ese afán por expresarse recuperando vocablos populares, elaborando fraseos que simulan cierta tosca inseguridad, suelen ser “actuaciones” detrás de las cuales hay operativos de marketing y pacientes ensayos, recursos todos legítimos a condición de saber que son eso: intentos de seducción y operativos ideológicos en el sentido más transparente de la palabra?
Dejemos por ahora de lado las intenciones y prestemos atención a las propuestas “basistas”. En primer lugar, la crítica al capitalismo globalizado como un régimen intrínsecamente injusto e históricamente agotado. Sobre la injusticia del capitalismo hay mucha tela para cortar, pero admitamos que hasta la fecha es el modo de producción que con sus visibles contradicciones ha sacado a millones de personas de la pobreza.
Por otra parte, certificados de defunción al capitalismo -lo sabemos- los han extendido con diferentes argumentos y parejo entusiasmo la izquierda marxista y la derecha clerical. Todavía siguen emitiendo certificados. Pasión emisora relativamente fácil de hacer porque las contradicciones del capitalismo están a la vista, aunque habría que advertir que algunas de esas contradicciones más que un signo de debilidad o decadencia, suelen ser un signo de fortaleza del capitalismo.
Pero no concluyen allí los guiños al pasado. El populismo en clave basista advierte que resulta contradictorio presentarse como “revolucionario” y desconocer la escandalosa corrupción que acompañó al régimen kirchnerista. ¿Cómo resuelven esa “diferencia”? También abrazándose a las mitologías del populismo sesentista. Si el Perón de 1973 estaba “entornado” por el lópezrreguismo, en la incandescente “Década ganada” Cristina habría estado entornada por dirigentes corruptos; entorno que ellos se propondrían desarmar. ¿Cómo? No lo sabemos. Y sospecho que Grabois, Pérsico o Navarro tampoco lo saben. O no les interesa saberlo. Una licencia me puede ser permitida: declararse “talibanes contra la corrupción” y alentar la candidatura de Cristina resulta tan “coherente” como proclamarse ateo y adherir a la impoluta majestad del Espíritu Santo.
Por último, los populismos “basistas” insisten con los reclamos distribucionistas sin decir una palabra acerca de los modos de generación de esa riqueza a distribuir. En todos los casos, ese silencio o esos balbuceos no hacen más que poner en evidencia la impotencia del populismo para dar respuesta a los dilemas de las sociedades modernas, dilemas nacidos de las tensiones entre la libertad y la justicia y entre la acumulación y la distribución, dilemas complejos que se resolverán mirando al futuro con mirada lúcida y limpia y no extraviando la vista en las agobiadas cenizas del pasado. 
Publicado en Clarín el 13 de noviembre de 2018.
Link https://www.clarin.com/opinion/renovacion-retorno-pasado_0_qbgKn8IiP.html