Opinión | Noviembre 07, 2018, 5 13am

¿Cuándo se vio al dólar retroceder ante el peso? Similitudes y diferencias con el 2002



Autor: Marcos Novaro


Podría pensarse que es cosa de mandinga: el dólar retrocede, parece no encontrar piso, la gente que lo compró a $ 42 se quiere cortar las venas y los que apostaron al peso ganaron, los sectores que exportan ruegan que el Gobierno lo sostenga para no perder rentabilidad. Sin embargo no es tan insólito, ni siquiera es inédito.
¿Cuándo asistimos al milagro de un dólar retrocediendo frente al peso? En 2002. Pasó de cerca de $ 4 en junio de ese año a $ 3 un par de meses después. Y ahí se quedó por bastante tiempo. Hasta que Néstor Kirchner empezó a darle a la maquinita y volvió la inflación crónica, a partir de 2004. Desde entonces nunca más. El dólar se fue moviendo más rápido o más lento pero siempre en la misma dirección, para arriba, y el peso perdió una oportunidad invaluable de convertirse en algo serio.
¿Cómo fue posible ese milagro de un dólar retrocediendo, en lo peor de la gestión de la emergencia desatada por la salida de la convertibilidad, de protestas sociales violentas y cotidianas por múltiples motivos?, ¿y cómo lo logró un gobierno tan débil, con poquísimo apoyo social?
También entonces había triunfado, aunque más no fuera momentáneamente, la ortodoxia económica. Eduardo Duhalde intentó inicialmente una devaluación controlada del 30% y mantener un mercado cambiario regulado, pero se dio cuenta a tiempo que no iba a funcionar, que la desconfianza iba a devorar en poco tiempo esa barrera, así que aceptó liberar el mercado, manteniendo un estricto ajuste de los gastos y presionando a los sindicatos para que no reclamaran aumentos salariales. Cosa que estos aceptaron porque la desocupación estaba cerca del 20% y subiendo, y la alternativa era que ganaran Carlos Menem o Ricardo López Murphy y ellos perdieran además de la capacidad de defender el salario, la de preservar sus santuarios de poder.
Se instrumentó así el ajuste más duro que se haya aplicado en la historia del país, incluyendo gobiernos autoritarios. Con la disculpa de que todo era culpa de Fernando de la Rúa y su absurda pretensión de sostener la convertibilidad. Misión que fervorosamente le habían rogado que no abandonara el 80% de los argentinos hasta poco tiempo antes, Incluidos muchos de los peronistas que ahora se beneficiaban de sus despojos.
La historia es cruel, y la de esa crisis fue especialmente cruel con los más débiles. Pero lo cierto es que la terapia funcionó. Una crisis que se temía duraría años, con empobrecimiento e inestabilidad prolongados, para mediados de 2 002 se había estabilizado y para finales de ese año empezó a quedar atrás, gracias a que la economía crecía al 10%. Con lo cual Duhalde lograría que al año siguiente lo sucediera su delfín. O mejor dicho, quien él pensó que había convertido en su delfín.
¿Cuáles son las similitudes y diferencias con la situación que estamos viviendo? En lo económico, las diferencias son de grado. La caída ahora no fue tan abrupta, así que tampoco va a ser tan marcada la recuperación. Y la inflación no va a poder controlarse tan rápido porque no hay el desempleo que había en 2 002, ni la sintonía que existía entonces entre el gobierno y los sindicatos.
En tanto, en el terreno político las diferencias son más marcadas, algunas incluso sorprendentes: es más difícil entender por qué la ortodoxia está siendo tolerada, pues el derrumbe económico, el desgobierno y la violencia social no se hicieron tan presentes, apenas si se insinuó la amenaza del caos, en corridas cambiarias y algunas protestas a pedradas; y quienes metieron la pata y cargan con la responsabilidad de que la crisis estallara, al menos la inmediata, son los mismos que están administrando la dura terapia para salir de ella.
Hay sin embargo también algunas similitudes políticas con 2002, más sutiles pero muy importantes: igual que entonces los grupos de interés y la oposición están muy divididos, y la gestión de la emergencia tiene bastante tiempo por delante antes de que haya que concurrir de nuevo a las urnas. Con lo cual las alternativas oportunistas a hacer el esfuerzo que impone el ajuste no pesan tanto en el ánimo social. Y pesa además, igual que entonces, la contundencia de la lógica ortodoxa en manos de un gobierno que no la abrazó por voluntad propia sino cuando no le quedó otra.
Como se sabe, este tipo de soluciones no es para nada popular en nuestra cultura política, pero cada tanto se impone "por la fuerza de las cosas", cuando todo lo demás queda descartado. Lo sucedido en los últimos meses operó a este respecto como un "anticipo del 2002", porque no hizo falta que la economía volara por los aires para adivinar lo que se venía; y porque las responsabilidades no se concentraron en actores puntuales, ni los políticos ni los sectoriales, sino en problemas estructurales del Estado, sus gastos excesivos e ineficientes, nuestra falta de competitividad, etcétera. Tampoco estaba a la mano achacarle la culpa a influencias nocivas externas; con lo cual lo cual ni el populismo ni el nacionalismo pudieron ofrecer explicaciones convincentes.
¿Significa esto que la disciplina fiscal y la necesidad de contar con una economía más abierta y ordenada han ganado la "batalla cultural"? No conviene exagerar. Pero tampoco subestimar la capacidad de comprensión de las dificultades por parte de la sociedad. Si no se lo hubiera hecho en los últimos años probablemente los problemas actuales serían más fáciles de manejar.
Publicado en www.tn.com.ar el 4 de noviembre de 2018.
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