Opinión | Noviembre 07, 2018, 8 20am

Brasil: Desencanto, populismo, menos democracia



Autor: Alvaro De Lamadrid


Existe un gran desencanto con la política.
La historia, podríamos decir, es el registro del desencanto con la política y los cambios sociales acontecidos para cambiar la realidad del hombre y el mundo en el que le tocó vivir.
El desencanto con la política no significa que la gente se desinteresé de la cosa pública ni de los temas que aquejan al país, no es indiferencia sino frustración y angustia.
El desencanto con la política tiene que ver con el abismo entre lo que es y lo que debería ser, con la inconmensurable distancia entre lo que se dice y hace, como asimismo, con la permanente apelación o abuso de la idea del poder, en manifestar que las cosas no pueden hacerse de otro modo: que lo que se hace es lo único posible y, bien sabemos, esto nunca es así.
Las recientes elecciones en Brasil nos muestran las consecuencias del desencanto de los ciudadanos contra la política y con su falta de respuesta para configurar el futuro, afianzar los derechos humanos y garantizar el progreso, donde se garanticen y existan oportunidades para desarrollarse y evolucionar, no sólo desde lo material, sino también para concretar una vida mayor.
Brasil es la muestra más fuerte del desencanto y el voto castigo. Demuestra la historia, que éstos apremios, van por hartazgo a cualquier lado en tiempos de grandes crisis, saqueo y galopante corrupción.
El PT que sacó a mucha gente de la pobreza terminó siendo la historia de una gran frustración.
Pero porque no se renovó y su oligarquía partidaria fue incapaz de practicar la democracia interna. Era Lula o Dilma, era pingüino o pingüina.
El mayor desencanto contra la política es contra las oligarquías partidarias que no promueven alternativas en sus espacios y un rico debate que siempre enriquece.
Cuanto más grande es el desencanto con la política, cuando esta no garantiza el normal desenvolvimiento y desarrollo de la democracia, menos perspicaz es la mirada ciudadana frente a las alternativas políticas que se alientan y acompañan.
Por ello, Bolsonaro claramente no ganó por las buenas propias sino por las malas de los otros.
En Latinoamérica hemos asistido a un repliegue de la democracia.
Venezuela es el caso más espantoso donde se aniquilo a la democracia y sus instituciones y así doy cuenta de ello en mi nuevo libro: Malandros, la tiránica banda mafiosa que secuestró a Venezuela, con prólogo del exalcalde de Caracas Antonio Ledezma, preso político exiliado de la tiranía de Maduro.
Pero también es Nicaragua, y las crisis de Brasil, Perú, Ecuador, Bolivia.
La democracia coyuntural de Latinoamérica es muy disfuncional.
Esta averiada porque le falta un verdadero Republicanismo, dado que ha engendrado una democracia de matriz autoritaria, plebiscitaria y con la recurrente tendencia a confundir Gobierno y Estado y partido y gobierno, acallando la disidencia interna y las voces discordantes y devorando la precaria y endeble cultura de derechos humanos de la región.
Esta democracia es una democracia sin controles al poder.
Una democracia que ha desarticulado y desguazado los controles, como asimismo, el rol de contralor y fiscalización legislativo y la eliminación de la independencia del poder judicial.
Debemos tener cuidado y estar atentos a los atajos tramposos de quienes aprovechándose de estás carencias y de la falta de respuesta de la política, -que penosamente ha estado asociado al delito en éstos años en nuestro país y buena parte de la región-, construyan alternativas que florezcan prometiendo acción rápida y expeditiva y, escondan tras ello, su desprecio por las exigencias de la democracia.
Agitar soluciones, que vengan de la mano de  generar miedo al otro, miedo a la inmigración, promoviendo la insolidaridad y la extinción de las políticas sociales sería disvalioso por el hecho de intoxicar nuestra vida pública.
El planteo responsable y sensato frente a ésta coyuntura es trabajar para desmontar la mala política, la corrupción, la falta de institucionalidad y el desprecio a los otros, al adversario político, al vecino, al espacio público.
Dejar de fomentar y apelar a las diferencias para ensancharlas, sino trabajar sobre los que nos une.
La democracia hace que las diferencias nos unan.
Esa es la tarea. Difícil, pero necesaria.
El problema es la falta de democracia. La salida siempre es con más democracia y más institucionalidad. Con más controles, con más participación y rendición de cuentas del poder, con menos discrecionalidad.
El mundo hoy esta hambriento de una democracia con transparencia.
La transparencia es la clave del nuevo mundo democrático. Al mundo entramos de la mano de la transparencia.
La transparencia y el control al poder en tiempo presente hace que no nos tengamos que agarrar la cabeza cuando, caemos en la cuenta, de lo que nos paso por no contar con ellos.
Con transparencia y control al poder vamos a garantizar que no exista lugar para la infamia política, la mentira y la impostura, de los que se sirven del poder para cometer indignidades diarias simulando ser puros, progresistas y preocupados por los pobres.
El desencanto con la política no es un error que se arregla con un soplido como plantean los Bolsonaros, los Trump, los Pablo Casado o Matteo Salvini, sino que se soluciona con más y mejor democracia, más participación, más control al poder y transparencia.
Publicado en www.minuto30.com el 6 de noviembre de 2018.
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