| Agosto 09, 2018, 9 38am

El Senado no entendió la época que vive y pone todo en peligro

El Senado a espaldas de la sociedad.

Autor: Oscar Muiño


“¿No pasó nada en cien años? ¿No hay nada que cambiar?”. La pregunta, trémula, azotó los pupitres senatoriales. Hablaba un hombre del interior, de la provincia de Catamarca, acaso aquella que vive con mayor unción –sentimiento auténtico, por otro lado– el culto a la Virgen.
Esa angustiada reflexión del radical Oscar Castillo resumía la desolación no sólo ante el voto de rechazo que veía venir. No era la furia o la resignación ante la victoria del Otro. Veterano en estas lides, Castillo percibía la ruptura entre el clima de opinión y el Senado nacional.
El debate, la puesta en discusión del tema es realmente valioso. Pero terminar sin siquiera una reforma –aunque fuere diversa del proyecto aprobado en Diputados– parece inaceptable.         
La pobreza de las voces
Fue un alivio que no hubiera violencia en las calles ni en el recinto. Naturalmente, es plausible que se mantengan ciertas normas mínimas de convivencia.
En cuestión de creencias y opiniones, todo esfuerzo debe ser hecho para comprender posiciones ajenas. Pero, contrariamente a lo que quisieron mostrar muchos legisladores, el Senado no se lució. Lejos de ello, muchos senadores y senadoras no demostraron méritos que los llevaran, digamos, no ya a la más alta investidura legislativa de la República. Varios demostraron no merecer, siquiera, concejalías de pago chico.
Empiezo por lo obvio: votar contra la despenalización por convicción es un derecho. El argumento de conciencia alcanza. En cambio, resulta intolerable la tosquedad de diversos legisladores. Desinformación, desconocimiento de la Constitución y los tratados internacionales, vulgaridad o ignorante pedantería. Algunos ni siquiera sabían que la Argentina –a través del Código Penal de 1921, consensuado entre radicales y conservadores durante la administración de Hipólito Yrigoyen– fue uno de los primeros textos del mundo en despenalizar el aborto en determinadas circunstancias.
El hombre que llegó con más votos del Senado imaginó que las convicciones diferencian al hombre de otros mamíferos porque el ser humano –aseguró– no anda matando a sus congéneres como los chimpacés. Aunque la estadística no exista, parece obvio que el hombre ha matado más hombres que la lista total de chimpacés liquidados por otros chimpacés a lo largo de los siglos…
Es sabido que Diputados representa la voz del pueblo y el Senado a cada provincia ¿Es justo que senadores que expresan una minoría de la población puedan bloquear el voto popular? ¿Resulta esa versión de federalismo un impulso o un estorbo?
Muchos –yo entre ellos– descubrimos el bajísimo nivel de muchos senadores. Esa falta de calidad deteriora el sistema de representación y pone interrogantes que no estaban. En determinado momento revolotea la pregunta: ¿hace falta mantener dos Cámaras en el Congreso? ¿No será hora de pensar si basta una única Asamblea?
Todos pierden
La victoria del No traerá consecuencias inesperadas. Como siempre ocurre con los temas que concentran el interés masivo.
Será difícil para Cambiemos, cuyos senadores definieron el resultado. ¿Cuáles serán sus efectos electorales? ¿Seguirán apoyando las mujeres jóvenes de los grandes centros urbanos? ¿El voto porteño habrá de cambiar? El PRO, autoerigido en partido del futuro, la modernidad y en espejo con las democracias occidentales, vota masivamente en contra de un principio que existe en esas sociedades que admira. Todas sus principales espadas –Macri, Michetti, Pinedo, Peña, Vidal, Esteban Bullrich– se definieron celestes. ¿Creerá el PRO que la modernidad se limita a lo financiero y lo económico?
La Unión Cívica Radical es parte de la Internacional Socialdemócrata. ¿Cómo justificará que la mayoría de sus senadores se haya opuesto a una norma que es parte del bagaje doctrinario de la socialdemocracia en todos los continentes? En muchos espacios –como en Franja Morada– los militantes más enojados proponían no respaldar en 2019 candidaturas que no se comprometan a apoyar la despenalización.
Ni hablar de la Coalición Cívica, que en una década y media ha pasado de la República de Iguales al tradicionalismo confesional.
El justicialismo de Miguel Pichetto tampoco pudo ofrecer los votos que se proponía. Una muestra de una opción imposible: invocar el liderazgo de Francisco y votar por la despenalización.
Cristina Fernández –que, no hace falta repetirlo, bloqueó el tratamiento del tema durante sus ocho años como presidente– comenzó con una explicación infrecuente en ella: dio las razones del cambio de su postura, lo más cerca de la modestia que su carácter le permite llegar.
¿Hay una oportunidad para el olvidado Pino Solanas luego de su vibrante discurso en el recinto?
Las izquierdas repitieron lo que saben: protestan contra todos pero no pusieron un solo voto en el Senado. No lo tienen. Acaso de todos modos puedan mejorar su performance si algunas de sus fuerzas siguen virando del revolucionarismo verbal hacia el reformismo práctico.  
El voto juvenil se ofrece como una excelente oportunidad. Los pañuelos verdes arrasan entre las adolescentes y esas generaciones que entran a la política por este tema podrán organizarse. Si lo logran, exigirán conocer la posición pública de los candidatos sobre el aborto antes de decidir su voto.
Peor podría ser la ruptura de la confianza en las instituciones por parte de la Ola Verde, la más moderna y activa de las corrientes que se han formado en la Argentina. En un marco de restricción económica y desigualdad –que viene de largo– hay motivos para temer un distanciamiento aún mayor –esperemos que no se convierta en fractura– entre las fuerzas dinámicas de la sociedad civil y el sistema político.
La Iglesia en riesgo
La satisfacción de las iglesias con el resultado senatorial es evidente. Sin embargo, esa victoria puede conllevar consecuencias inesperadas.
Por un lado, podrá reaparecer la intención de una separación clara entre la Iglesia y el Estado. Será difícil llevarla a la práctica –necesita una reforma de la Constitución– pero es posible y hasta probable la creación de una corriente de opinión anti-eclesial que no existía.
Incluso la firme popularidad del Papa será puesta en tela de juicio. Hasta ahora, solo se ronroneaba contra él en algunas franjas del círculo rojo y el oficialismo por lo que consideran su postura adversa al gobierno de Macri. Pero estos cuestionamientos no pasaban de pequeños cenáculos y se repetían en voz baja. El riesgo es un crecimiento de la opinión adversa a Roma de las franjas adolescentes y juveniles, sobre todo en el colectivo de mujeres de las grandes ciudades.
El triunfo celeste no parece definitivo. El viento de la historia sopla del otro lado: en dos años, con la próxima elección, la despenalización habrá de ser ley. O en tres. O en cuatro. Habrá que analizar entonces, con los datos en la mano, quiénes ganaron y quiénes perdieron con la pobre demostración del Senado durante el 8 y 9 de agosto.