| Agosto 08, 2018, 4 07am

Los grandes éxitos de Banksy en Londres

Un artista que merece tomarse en serio.

Autor: Gabriel Palumbo


En octubre de 2013 alguien instaló un puesto entre los muchos que hay en el Central Park de Nueva York. Vendía a sesenta dólares reproducciones muy populares del más conocido de los artistas callejeros. Vendió apenas ocho. Cuatro se las llevó un joven estudiante y las demás quién sabe. Al otro día, Banksy reveló su broma: las piezas eran, en realidad, originales.
Poco se sabe de la identidad de Banksy. Sabemos que es inglés, de Bristol, que es hombre, que tiene entre 40 y 50 años, y que es flaco y alto. Hay varias conjeturas, una de ellas insiste en que se trata del líder de Massive Attack, Robert 3D Del Naja. Otra versión, animada por el trabajo de un grupo de detección de terroristas, habla de un tal Robin Gunningham. La presencia del artista en la cultura popular británica es tal que las bromas en redes sociales se extienden hasta suponer que Banksy es, en realidad, el político conservador Boris Johnson.
Bajo el dominio de esta fomentada incógnita, el arte de Banksy no para de crecer en todas direcciones. En 2013 su trabajo Slave Labour recorrió un camino extraño desde su emplazamiento original en un muro del barrio de Wood Green en el Gran Londres, pasando por una sórdida subasta en Miami y volviendo a Londres para ser vendido por más de un millón y medio de libras. La obra, un bloque de más de un metro de lado arrancado de la pared, es una denuncia contra el trabajo infantil en la que se muestra a un chiquito arrodillado frente a una máquina de coser, cruzado por dos banderas inglesas.
Banksy se ha encargado desde hace más de veinte años de combinar belleza estética con mensaje político. No es extraña su fama cuando se lo reconoce como un singular caso en el que los mensajes de igualdad, las denuncias sobre el actuar humano en la naturaleza y el humor maridan muy bien con la dimensión artística y cultural.
Si algo ha caracterizado su práctica es el desconcierto y ese es su rasgo más disruptivo. Si bien en todas las épocas ha habido artistas políticos que denuncian inequidades sociales, es más difícil encontrar a alguno de ellos que declare que los seres más perjudiciales sobre la faz de la tierra son aquellos que dicen que quieren cambiar el mundo. Tampoco son habituales los artistas con una nítida vocación social y política que tienen la misma agencia de relaciones públicas que el DJ Fatboy Slim y el polemista Guru Murthy.
Es que eso que llamamos Banksy es una suerte de eslabón perdido entre la modernidad y la contemporaneidad del arte. Por eso resulta tan fascinante, rebuscado y hasta discutible. Mientras el mundo se encamina, bajo un falso manto de respeto a lo individual, a un ejercicio de homogeneización en el que toda mueca de disidencia es vista como una ofensa personal, las expresiones estéticas, el mensaje político y las contradicciones de Banksy hablan otro idioma, más a escala humana.
El último capítulo de este discurso es la hermosa muestra de algunas de sus obras en la galería Lazinc del Soho londinense. La muestra Grandes Éxitos 2002-2008 abrió el pasado 12 de julio pero unos días antes se realizó una preinauguración VIP y se vendieron tres obras, una de ellas a un millón y medio de libras. El dueño de la galería, Steve Lazarides, un antiguo amigo de Banksy y un poco el responsable de su entrada al mundo de las exposiciones puertas adentro, aseguró que algunas de las obras superan los 5 millones de libras y que el incremento del valor económico de los trabajos del artista en los últimos años es de un 120%.
Basta trasponer los escalones de la entrada para verse en medio del universo estético y político de Banksy. En el medio del salón, la escultura de una Venus blanca, más parecida a las réplicas para jardines que a las clásicas griegas, se cubre la espalda con un edredón doblado en dos. De su cuello pende un cartel sin consigna y su cabeza está coronada por una gorrita de beisbolista. Mezcla de Venus de Milo con Justin Bieber, la obra opera como un potente organizador visual del visitante. Su blancura divide el espacio del hall en dos y hay que elegir entre mirar a la derecha o a la izquierda.
 
En la pared de atrás de la sala se ve una de las obras más célebres del artista. Kissing Coppers, pintada originalmente en un pub de Brighton, muestra a dos policías varones dándose un beso apasionado. Imaginada como un alegato contra la homofobia y a favor de la humanización de las fuerzas policiales británicas, la obra fue realizada en 2006 y permaneció en la pared hasta 2011, tiempo en que fue reemplazada por una copia, semanas antes de ser expuesta y vendida por la galería Keszler de Nueva York. La obra expuesta en Lazinc es una impresión del esténcil original.
En el salón contiguo, la mordacidad crítica de Banksy toca otro punto alto. Napalm, obra de 2005, es uno de sus trabajos más fuertes. En esta impresión a tres colores sobre papel, se muestra a Phan Thi Kim Phúc, la conocida niña del napalm de la foto de Nick Ut corriendo, como en la foto original, pero flanqueada por Ronald Mc Donald y el ratón Mickey. La conmovedora expresividad de la niñita contrasta tanto con la impostada alegría de los dos íconos culturales americanos que la literalidad de la crítica queda un poco minimizada frente al lenguaje estético, que se desenvuelve entre el dolor y la belleza.
 
Un poco por fuera de este universo implícitamente político, se muestran en Lazinc dos obras de naturaleza distinta pero de fuerza similar. Una de ellas es Girl and Balloon. El graffiti original es de 2002 y es uno de los trabajos más representativos de Banksy. Cuando la mostró en formato tradicional, ganó el premio de obra del año y luego la reutilizó para algunas campañas de temperamento más social. En 2014 utilizó esta imagen de la niña soltando un globo rojo en forma de corazón para atraer la atención sobre los refugiados sirios y en 2017 repartió algunas copias gratuitas para los votantes no conservadores en las elecciones generales en el Reino Unido.
En un registro distinto desde lo formal pero igualmente revoltoso desde lo conceptual, el segundo piso de Lazinc está dominado por Show Me The Monet, una obra de 2005 en la que el artista trabaja sobre una de las piezas de la serie de nenúfares de Monet y le agrega, en el estanque donde reinan estas preciosas plantas acuáticas, un cono de estacionamiento y dos carritos de supermercado volcados. La imagen está tan bien tratada que parece una obra original y hace que la obvia asincronía temporal nunca roce el absurdo. La fuerza comunicativa de Banksy reside un poco en su capacidad técnica pero mucho más en la capacidad para combinar escenas y climas aparentemente irreconciliables.
 
En la experiencia Banksy entran las discusiones pasadas, presentes y futuras del mundo del arte. En su obra existe la intencionalidad funcional de la protesta social y la búsqueda de la belleza. En su actitud evidente de licuación de la identidad es posible rastrear el viejo y actualizado dilema de lo autoral y su exageración contemporánea expresada en la reivindicación del genio individual. En su ilegal apropiación del espacio público conviven la resistencia y la democracia de la imagen. A la inicial negación del mercado que propone la idea y el producto artístico de Banksy se le presenta en forma especular su enorme éxito económico y la valoración por parte de coleccionistas y administradores del arte.
No es raro que los críticos “oficiales” lo destraten. Brian Sewell, tal vez el más reconocido crítico británico, lo trató de payaso y Charlie Brooker, el talentoso creador de la serie Black Mirror, o bien no lo entiende o bien lo cree un farsante. Las respuestas de Banksy tienen la contundencia de un cross a la mandibula.
Publicado en Revista Ñ el 4 de agosto de 2018.
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