| Julio 10, 2018, 5 16am

"Cara de malviviente"

Durante muchos años la teoría lombrosiana se destacó en la criminología.

Autor: Luciana Sabina


Durante la semana fuimos testigos de un caso poco convencional en la historia de nuestra Justicia: Nahir Galarza, de 19 años, fue condenada a prisión perpetua por matar a su novio Fernando Pastorizzo. Lo llamativo del caso, más allá de la edad de la victimaria, fue el sinnúmero de prejuicios que destiló la opinión pública durante el proceso. Tales como "¿Realmente esa chica angelical podía ser una delincuente?" o "No tiene cara de asesina". 
Este tipo de planteos nos llevan hacia fines del siglo XVIII y gran parte del XIX, cuando desde los mismos se llegaron a establecer los principios de una pseudociencia llamada frenología. 
La frenología fue "fundada" por el anatomista alemán Franz Joseph Gall (1758-1828). Aseveraba que cada función mental dependía de cierta área en nuestro cerebro. Estudiando esos espacios podíamos conocer las características de la personalidad humana. El análisis podía efectuarse a través de la parte frontal del cráneo. 
El auge de la frenología hizo que los cráneos de muchas personas destacadas desaparecieran con fines científicos, digamos. 
Tal es el caso de Mozart. Se sabe que el gran músico fue enterrado en una fosa común, pero según la leyenda su sepulturero le colocó una cinta en la cabeza para identificarlo a la hora de desenterrar su cuerpo.  Una vez en la superficie el despojo de Mozart pasó por varias manos y durante mucho tiempo llevó una nota escrita en un papel: "Del sepulturero Rothmayer, que sabía dónde estaba el sarcófago de Mozart en la fosa común vaciada en 1801, entregada a mi hermano por su sucesor, Joseph Radschop, en 1842".
Para medir la inteligencia o capacidad a través del cráneo Gall utilizaba, además de elementos de medición específicos, sus propios dedos. De allí la expresión "no tiene dos dedos de frente" cuando alguien se refiere a una persona poco juiciosa, por decirlo delicadamente. 
Años más tarde, el italiano César Lombroso se inspiraría en la teoría de Gall y en Darwin para dar origen a una nueva ciencia: la criminología. Si bien sus estudios ya fueron descartados, fue el comienzo de muchos otros. Consideraba que existían ciertas características faciales propias de los delincuentes. Se trataba, según este médico, de rasgos genéticos perfectamente identificables. De este modo catalogó a los delincuentes de distinta manera, de acuerdo a sus rostros. Los distintivos criminales serían, entre otros, una menor capacidad craneana, gran capacidad orbitaria, gran desarrollo facial y maxilar y la frente hundida. 
Estas ideas tuvieron eco en nuestro suelo. Eusebio Gómez, juez bonaerense, realizó un famoso estudio al respecto titulándolo "La mala vida en Buenos Aires". Allí aplica las ideas de Lombroso a la Pampa Húmeda. José Ingenieros se encargó del prólogo y define al texto de modo muy atractivo: "Toda la gama de la degeneración, en sus formas corrosivas y antisociales, desfila en las páginas de este libro, como si al conjuro de un maléfico exorcismo se hubieran convertido en pavorosa realidad los sórdidos ciclos de un infierno dantesco". 
Gómez encuentra en la prostitución el equivalente femenino a la criminalidad, allí vemos otro prejuicio, en realidad varios, pero nos centraremos en uno: las mujeres no asesinan.  
Descartadas hace décadas estas teorías, propias de los albores de la ciencia, parecen despertar cada tanto y seguir influenciando en nuestro modo de ver al mundo.
Publicado en Los Andes el 7 de julio de 2018.
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