| Julio 09, 2018, 8 06am

México lindo y querido

La victoria de Andrés Manuel López Obrador, en las elecciones del domingo 1 de julio, abre interrogantes acerca de los destinos de su país. Los desafíos que debe afrontar su alianza de gobierno.

Autor: Alejandro Garvie


La tercera es la vencida. Andrés Manuel López Obrador, denominado con dudoso gusto AMLO por su acrónimo, a sus 64 años, triunfó en las elecciones generales del domingo en México. Con cerca del 53 por ciento de los votos, al frente de la coalición “Juntos Haremos Historia”, le sacó más de 30 puntos a su perseguidor inmediato.
En su ambicioso “proyecto de nación 2018-2024”, López Obrador pretende un rescate del sector agrario y la promoción de la economía social, revisar millonarios contratos derivados de la reforma energética, un gobierno “austero, sin lujos ni privilegios” y reducir sueldos de altos funcionarios públicos hasta en un 50 por ciento.
Con el objetivo de atacar la pobreza en su país promete incrementar los programas sociales que hoy alcanzan a más de 53 millones de personas, incluidas más de siete millones viviendo en la indigencia. A pesar de su discurso populista de izquierda, los observadores lo asocian más a Lula Da Silva que a Hugo Chávez, por lo que se abren expectativas varias frente a su gestión.
Su equipo económico estará encabezado por Carlos Urzúa Macías, quien como futuro ministro de Hacienda ya ha comenzado a conversar con inversionistas para dar “tranquilidad al mercado.” Para ello, Urzúa les ha prometido austeridad fiscal, respetar la autonomía del Banco de México y mantener el régimen de libre flotación del tipo de cambio.
Pero no sólo a la economía se limitan los grandes retos de López Obrador. La galopante inseguridad, con más de 1000 homicidios por mes ligados al narcotráfico, la corrupción rampante, el rol regional de México que lidera el Grupo de Lima, un bloque de países críticos con el gobierno de Nicolás Maduro; y la complicada relación con el gobierno de Donald Trump, auguran años turbulentos.
El lunes, en una llamada telefónica con Trump, López Obrador propuso a Estados Unidos un acuerdo para reducir la migración –hay 12 millones de mejicanos en los EE.UU.–, uno de los puntos de fricción entre ambos países.
Mientras Trump maltrataba al ahora presidente saliente Peña Nieto e insistía con la construcción de un muro colosal entre ambos países y duros controles migratorios, López Obrador prometió “poner en caja” al platinado presidente norteamericano, crear una zona franca de 30 kilómetros a lo largo de la frontera para atraer empresas norteamericanas y asegurar trabajo a sus compatriotas. Luego de su triunfo, el asesor de seguridad nacional de Trump, John Bolton, dijo incluso que su jefe espera “ansioso” un encuentro y que éste podría ser muy productivo. “Tener a los dos líderes reunidos puede generar algunos resultados sorprendentes”, dijo.
El ex alcalde de Ciudad de México tiene cosas en común con Trump. Ambos son nacionalistas en una cruzada en contra del establishment corrupto e ineficiente que ha llevado a sus países a la molicie y la inoperancia, por lo que hay que poner la agenda de su país primero. Esto podría hacer que Trump vea al nuevo presidente mexicano como un par con el que empatizar, aunque nada garantiza una relación ausente de conflictos. Ambos son populistas y como tales necesitan tener enemigos externos con los que amalgamar a sus seguidores.
El flamante presidente se ha expresado en favor del mantenimiento del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), vigente entre Estados Unidos, México y Canadá desde 1994, que se renegocia desde agosto pasado a pedido de Trump, que lo considera perjudicial para los intereses de los estadounidenses. Ese acuerdo que ha consolidado la matriz neoliberal y exportadora de México peligra por dos lados: el proteccionismo de Trump y sus grandes costos sociales.
Carmen Aristeguí, la decana de los periodistas de investigación mexicanos, declaró para The New Yorker: “El objetivo de Andrés Manuel López Obrador es pasar a la historia, nada más y nada menos; ser recordado como lo fueron los padres fundadores. Uno no espera que Andrés Manuel sea solo otro administrador del caos. Se espera que él dirija al país hacia una nueva lógica de poder político y de ciudadanía, que permita el desmantelamiento de estructuras y prácticas profundamente arraigadas que siempre han dominado a México. Si Andrés Manuel logra erradicar la corrupción sistémica en México y no hace nada más durante su tiempo en el gobierno, esa será razón suficiente para levantarle una estatua y contar su historia en todos los libros de la escuela primaria”.