Opinión | Junio 13, 2018, 7 00pm

Aborto, política, debate y progreso



Autor: Danila Terragno


Estoy a favor de la ley de despenalización del aborto aprobada en la Cámara de Diputados. Pero entiendo que no es un tema fácil. La votación reñida, que terminó con sólo cuatro votos de diferencia, lo demuestra. 
Aún si la ley no fuera aprobada en el Senado, ya dimos un gran paso: comenzar el debate. 
Necesitamos escucharnos, los que pensamos de una u otra manera y también los que nunca antes lo pensaron. Como me dijo la abogada y profesora Paola Bergallo en esta entrevista: “Llegó la hora de dar una conversación que estaba postergada hace muchas décadas”.
Lo primero que pasó al abrir la canilla es que salió mucha agua sucia. Dogmas, posturas personalistas, politización, agresividad, terquedad, cinismo, hipocresía. 
Pero el agua ya corre desde el 1ro de marzo y comienza a verse más clara. Ese día, el presidente de la Nación pidió que se debatiera el aborto en la apertura de las sesiones legislativas. Lo hizo a pesar de sus convicciones en contra. Cinco días más tarde la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito -una alianza de movimientos feministas que hace muchos años trabaja en favor de la despenalización del aborto- presentó su proyecto de ley. Ya lo había hecho anteriormente en seis oportunidades, sólo que ahora contaba con la venia presidencial y, en lugar de ir a parar a un cajón, el proyecto -encabezado por la firma de diputadas de la UCR, el FpV-PJ y la izquierda- comenzó a tratarse. 
El debate fue posible gracias a la iniciativa de Mauricio Macri, gracias al trabajo previo y sostenido de las militantes y gracias a los partidos políticos que lo empujaron en el Congreso. 
Todo un avance de la política.
El desfile de 738 expositores en el plenario de comisiones de la Cámara de Diputados fue muy interesante. La mezcla improbable de especialistas y celebrities, religiosos y feministas, profesionales y militantes, produjo un contenido valioso y curioso, con argumentos racionales y disparatados en la misma bolsa. 
Esa discusión fue reflejo de lo que ocurrió también en la calle, en las redes sociales, en las oficinas y en los cafés: gente con diversas banderas, expresando sus convicciones frente al Congreso de la Nación, a veces con más solidez y otras con más emoción, pero dentro de las reglas de la democracia. 
Por supuesto que ha habido mucho diálogo de sordos, con posturas extremas e intolerantes que tienden a llevarnos a la grieta, esa en la que tanto nos gusta regodearnos. Esa que hizo que las autoridades dividieran la plaza del Congreso en dos partes inconexas, de un lado los pañuelos verdes y del otro los azules.
Pero, insisto, el tiempo y el diálogo nos van a conducir por buen camino. 
El aborto es algo indeseado por todos. Pero ocurre. Y ocurre al margen de la ley. Y eso provoca la muerte de mujeres. Sobre todo de mujeres que no tienen la posibilidad de “ir por izquierda” a un médico dispuesto a romper las leyes vigentes a cambio de una buena suma de dinero.
Del otro lado dicen que no por eso podemos legalizar el asesinato de una vida inocente. Y yo entiendo el punto, más allá de cualquier consideración religiosa, desde la lógica de proteger al más débil. 
Pero las dos vidas no son equiparables. Una es una vida humana y la otra es una vida en gestación. Por eso citando nuevamente a Bergallo, “el derecho penal distingue el delito del aborto del delito de homicidio. Esos conceptos y la valuacion de la pena reflejan que el derecho, sensatamente, da cuenta de distintos valores y, en el caso de la vida gestacional, un valor incremental. Por eso podemos manipular embriones y no podemos manipular niños. Por eso cuando descartamos embriones no hablamos de un asesinato y tampoco ni hablamos de genocidio cuando descartamos masivamente embriones”.
En qué momento justo se da el paso de la vida humana en gestación a la vida humana es motivo de discusión y -más allá de consideraciones desde la ciencia y desde el derecho- en un punto la línea divisoria es arbitraria. 
El proyecto de ley que hoy obtuvo media sanción en el Congreso propone que la despenalización para la interrupción voluntaria del embarazo sea, para todos los casos, hasta la semana 14 de gestación (dos semanas entrado el segundo trimestre). 
A partir de ahí, entran a correr causales específicos, como los embarazos resultados de una violación, el riesgo de vida de la mujer o la viabilidad del embarazo, que ya estaban contemplados en nuestras leyes (aunque, como explica Bergallo, no siempre han sido respetadas, tanto que en 2012 tuvo que intervenir la Corte Suprema de la Nación para refrendar lo que ya era ley desde hacía décadas). 
Después hay otro concepto cuestionable cuando se pone en un mismo plano las dos vidas -la del embrión o feto y la de la mujer que lo está engendrando.
Mientras la vida se está gestando y hasta el nacimiento, como argumentó el biólogo Alberto Kornblihtt en su presentación en el Congreso, el embrión o feto es “casi como un órgano de la madre”. Esto se ve reforzado por el hecho de que “para la mayoría de las legislaciones, incluso en los países donde está penalizado el aborto (...) si el embarazo se interrumpe en forma natural o provocada antes del nacimiento, la persona se dará por no haber existido nunca jamás”. 
Y es acá donde entra con fuerza el argumento de los derechos de las mujeres a decidir si interrumpen o no su embarazo (no es que están decidiendo si cometen o no un asesinato sino que están decidiendo sobre qué hacen con sus propios cuerpos). 
Como explica Bergallo, lo que hacen todas las legislaciones occidentales desde la década del ‘60 o ‘70 en los tribunales constitucionales, es ponderar el derecho a la vida en gestación, cuyo valor es incremental, con el conjunto de derechos de las mujeres reconocidos en muchas normas, como el derecho a la vida, a la salud, a la dignidad, a la privacicad, a la igualdad o a la justicia social. 
Por eso lo que se discute hoy no es si se está a favor o no del aborto sino qué legislación específica consensuamos que permita ponderar los derechos en juego.
Necesitamos algo superador y el proyecto de ley aprobado por los diputados lo es. 
Porque hoy el aborto se castiga con prisión en los papeles pero no en la práctica. Eso da lugar a -al menos- dos problemas; la prohibición fomenta el aborto clandestino -con sus consecuencias sobre la salud y la vida de las mujeres que acuden a estos procedimientos (“3000 mujeres dejaron sus vidas en ese tabú”)-, y el incumplimiento de la prohibición habilita la arbitrariedad, ya que casi ninguna mujer ha ido presa por abortar pero hay algunas -alrededor de 20 o 30- que sí (“esas mujeres sufireron una arbitrariedad vergonzosa frente a todas las que aboraton y no fueron investigadas”).
A esto podemos agregar que el uso de la política penal no ha sido efectiva para disuadir el aborto y que el silencio de tantos años, además, vino acompañado de una falta de instrumentos que ayuden a su prevención, tal como enfatizó el Ministro de Salud, Adolfo Rubinstein, en su presentación en el Congreso donde consideró que el aborto es un asunto de salud pública. 
Era hora de que habláramos. 
Ojalá que la aprobación en la cámara baja nos de fuerza para seguir argumentando racionalmente hasta lograr un consenso y una conciliación.