Opinión | Mayo 16, 2018, 3 06am

No bastan las políticas asistenciales para combatir la pobreza

Cuando se necesita un nuevo paradigma.

Autor: Lucrecia Teixidó


Lo que tenemos ante nosotros es la perspectiva de una sociedad de trabajadores sin trabajo. Imposible imaginar algo peor, afirmó Hanna Arendt hace muchos años. Desde esa advertencia a la actualidad, los trabajadores conquistaron derechos y seguridad social asociados al estatuto de trabajador. Sin embargo, hoy el trabajo asalariado y esas protecciones están en retroceso en relación a otras formas de contratación. Profesiones, especializaciones, capacidades, pierden valor y ya no son requeridas. Pululan los “no aptos” o desechos humanos que no sirven ni para ser explotados. Los útiles para nada, como los llama Castel.
En nuestra sociedad globalizada nada está asegurado y todos somos interdependientes. Una decisión política o económica que se toma en un lugar que desconocemos nos afecta a todos aunque no podamos identificar sus conexiones inmediatas. La inseguridad social no tiene fronteras, pero se democratizó de manera desigual. En el mundo, 2.700 millones no disponen de instalaciones de saneamiento y más de 900 millones no acceden a agua potable.
De los 625 millones de habitantes que tiene América latina, más de 200 millones no accede a servicios de salud y quienes están peor son las poblaciones rurales. Según OIT y CEPAL, en 2017 el desempleo urbano subió a 9,2% y el trabajo informal no agrícola llegó al 47%. Los más perjudicados son mujeres, jóvenes y migrantes. Tiene, además, el privilegio de ser la región más desigual del planeta.
¿Se debilitaron los lazos de solidaridad que nos llevan a desear la igualdad y el bienestar de todos, no sólo de aquellos que tenemos cerca y que conocemos? ¿Hemos perdido la convicción de que la democracia, los gobiernos, los partidos políticos y la sociedad atenta y activa pueden garantizar el bienestar de la sociedad?
Tal vez debamos evitar la nostalgia de tiempos mejores y trabajar sobre modelos de solidaridad diferentes a los modelos socialdemócratas de la época de crecimiento europeo. Protecciones desacopladas de los contratos de trabajo; ingreso de ciudadanía, realmente universales y no por demostración de pobreza; políticas de recalificación de la fuerza de trabajo que hoy ya resulta obsoleta.
Nuestras democracias tienen aún muchas deudas pendientes. Se profundiza el conflicto entre poder y política, si entendemos el poder como la capacidad de hacer cosas y la política como la capacidad de decidir qué hacer y cómo hacerlo. Porque el poder liberado del control político se orienta por intereses particulares, nunca solidarios y compartidos.
¿Qué necesitamos para avanzar en este sentido, además de voluntad política y buenas intenciones? Igualdad en el bienestar. Más y mejores escuelas, espacios de cuidado, centros de salud, defensorías de infancia, oficinas de protección de la mujer; policías capacitados en derechos de la mujer, de la juventud; agencias con personal capacitado y bien remunerado, que tengan efectivo alcance territorial, y que no disminuyan en cantidad y calidad a medida que nos alejamos de los centros administrativos.
A diferencia de lo que ocurría en los inicios del capitalismo, el bienestar es un derecho y ya no basta con garantizar comida y agua para todos. No bastan las políticas para pobres. Hace más de 200 años Marx sostenía una verdad aún vigente: “La necesidad es enemiga de la libertad”. La paz y la convivencia social sólo son posibles si luchamos realmente contra la desigualdad. De otra manera, nuestras sociedades no son sostenibles en el tiempo.
Publicado en Clarín el 14 de mayo de 2018.
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