Opinión | Mayo 14, 2018, 5 12am

Problemas económicos, tradición nacional

Resulta tentador culpar al gobierno de turno de nuestra situación, cuando la debilidad económica ya merece podio entre las tradiciones nacionales.

Autor: Luciana Sabina


Una de las épocas más críticas de nuestra historia tuvo lugar bajo la presidencia de Juárez Celman, quien procuró acumular más poder del que podía manejar.
El cordobés debía la presidencia a su concuñado Julio Argentino Roca, al cual dio la espalda una vez asumido el cargo. Posteriormente, además de presidente de la Nación, ocupó la cabeza de su partido. Por este motivo se llama al gobierno "unicato", aludiendo a la acumulación de "puestos" de Juárez Celman.
Tal mote surgió del semanario satírico "Don Quijote", en cuyas páginas se fustigaba permanentemente al gobierno.
Hojeando dicha publicación podemos encontrar temas de alarmante actualidad, en aquella Argentina de fines del siglo XIX. Una de las grandes críticas se encuentra en la dependencia de nuestro país a fondos provenientes del exterior, como podemos ver en la imagen.
Las palabras de Juárez Celman parecen inspiradas en nuestra contemporaneidad. "Este país -dijo- es pobre porque lo abruma su riqueza. Vivimos pidiendo plata a los banqueros de Europa (...) Vivimos sobre un tesoro [la tierra] y hambreados todos los días". Básicamente éramos pobres porque no trabajábamos lo suficiente, algo que posee mucha lógica. Pero como era menester seguir viviendo holgadamente terminábamos enredándonos”. Sin duda nos conocía bien.
Además los capitales llegaban en forma de concesiones extraordinarias a empresas extranjeras para encargarse de la obra pública. Esto dio a la oposición un enorme y fértil espacio para criticar al oficialismo. Disgustado con su delfín rebelde, Roca se había marchado a Europa y desde allí escribió a Agustín de Vedia al respecto: "... Ese proyecto de venta de las obras de salubridad ha sido, también, desgraciado, y se ha arrojado a los opositores como buena presa para clavar su diente lleno de ponzoña. Yo aconsejé en contra, pero no me hicieron caso (...) A estar a las teorías de que los gobiernos no saben administrar, llegaríamos a la supresión de todo gobierno por inútil...". 
A semejante panorama se sumaba la inflación, "que -especifica Carlos de Ibarguren en sus memorias- llegó en 1889 a un grado alarmante; el peso se desvalorizaba, el oro subía rápidamente con relación a la moneda nacional".
Sin lugar a dudas resulta tentador culpar al gobierno de turno de nuestra situación, cuando la debilidad económica ya merece podio entre las tradiciones nacionales. Pero el pasado no nos da espacio para eludir responsabilidades como pueblo. Hoy, como a fines de aquella centuria y como en tantas otras oportunidades, seguimos gastando más de lo que producimos y esperando que un Estado todopoderoso se encargue de pagar las cuentas. Quizás el error sea no observarnos y entender que el cambio debe partir de nosotros.
Publicado en Los Andes el 12 de mayo de 2018.
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